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Huelga general> Por Leopoldo Fernández

La tenemos a la vista una nueva huelga general, la segunda en diez meses contra el Gobierno del PP y la octava desde que se restableció la democracia en España. La protesta se enmarca en lo que CC.OO. y UGT llaman jornada de acción y solidaridad europea y a la misma se suma la Cumbre Social, que agrupa a unas 150 organizaciones, en su mayoría procedentes de la izquierda. También habrá huelga, decidida hace unas fechas, en Portugal, y se tratará de aunar voluntades para hacerla extensible a Grecia, Malta y Chipre.

Como se ve, unos compañeros de viaje que conforman lo más granado de la Europa en crisis, por lo que me pregunto si en otros países que también aplican ajustes estructurales y durísimos controles del gasto público -empezando por Alemania, por si alguien lo olvida- no existen motivos para la queja o la disconformidad con las medidas gubernamentales o si, por el contrario, los sindicatos, más responsables y menos politizados, han llegado a la conclusión de que en estos momentos lo más conveniente es no dañar más la economía de cada nación, ya que una huelga de 24 horas tiene un coste superior a los 3.000 millones de euros, según cifras españolas. Hay numerosas razones para la protesta social. El paro incesante, la austeridad a toda costa, los recortes del gasto público, la pérdida de derechos y el progresivo empobrecimiento de los ciudadanos son argumentos más que poderosos para la insatisfacción y el hastío que nos circunda.

Una sociedad viva tiene que revolverse contra situaciones injustas que dañan más a quienes menos tienen. Pero no hay dinero; es así de simple. Y no son los sindicatos, por su vergonzosa complicidad con el anterior Gobierno y por el escaso crédito de que gozan entre la opinión pública, los llamados a tratar de cambiar la actual y penosa coyuntura que sus propios dirigentes han contribuido a fraguar.

De ahí el escaso seguimiento de anteriores convocatorias de protesta y su nula influencia a la hora de cambiar la política del Gobierno; una política que -no conviene olvidarlo- viene impuesta desde Europa y desde los grandes organismos internacionales (OCDE, BM, FMI, BCE) para que el país, a base de ajustes y recortes y tras ser rescatado, pueda pagar lo mucho que debe y seguir adelante. Los cambios de políticas no pueden producirse más que como fruto de una incentivación de la actividad económica y con la ayuda de nuestros aliados. Lo demás son ganas de enredar, aumentar la conflictividad social y alimentar nuevas frustraciones en momentos de extraordinaria dificultad.