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Una jornada decisiva> Por Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca

En un ambiente de alta tensión política, con indisimulados temores por lo que pueda acontecer, chavistas y antichavistas -19 millones de ciudadanos- dirimen hoy en Venezuela, en las decimoterceras elecciones presidenciales, el futuro de este pueblo para el periodo 2013-2019. Nunca en la historia del país se ha concitado tanto interés por unos comicios en los que, según las encuestas, quien triunfe lo hará por escaso margen y en todo caso el voto oculto o indeciso -estimado entre el 12 y el 15% del censo- será determinante para el resultado final. La campaña electoral ha estado politizada y marcada por los insultos degradantes y sistemáticos y la violencia de las bandas chavistas. Debido al cáncer que padece, del que ha sido operado en tres ocasiones, Hugo Chávez, candidato del Partido Socialista Unido de Venezuela, se ha visto obligado a reducir sus maratones y mítines, en algunos de los cuales apareció cansado y aún dolorido. Mientras, Henrique Capriles, aspirante por la Mesa de la Unidad Democrática (que agrupa a una treintena de partidos), ha realizado una campaña limpia, sin insultos ni descalificaciones personales, en un despliegue extraordinario a lo largo del país. El actual presidente se ha negado a realizar debates electorales o a confrontar los programas respectivos, pese a las insistentes peticiones del ex gobernador del Estado Miranda.
En realidad, el chavismo y su “socialismo del siglo XXI” -que ha degenerado en un gigantesco y corrupto sistema clientelar- carece de un programa detallado y riguroso, con objetivos definidos, al margen de los logros cosechados en algunos derechos sociales. Acusa el desgaste de 14 años de gobierno y, huérfano de ideas, lo fía todo al mesianismo y la capacidad de liderazgo de Chávez, su populismo enardecedor, su autocracia rediviva y su indudable tirón entre las masas de seguidores, en su mayoría funcionarios, militares y gente pobre y de escasa formación, así como entre grupos paramilitares y de choque y militantes de la izquierda extrema anticapitalista en todas sus formas, desde los Círculos Bolivarianos a la Milicia Nacional, la Unidad Popular, el Movimiento Tupamaro o colectivos de fuerte implantación en zonas urbanas.
El chavismo ha sido una desgracia para Venezuela, por su fracaso en materia de seguridad pública, economía, servicios -excepto, en parte, la sanidad-, infraestructuras y derechos y libertades. De acuerdo con cifras oficiales, en 2011 se registraron más de 20.000 homicidios, lo que convierte al país en uno de los más violentos de la región. La criminalidad se ha triplicado en diez años; en ese periodo se han producido 123.000 asesinatos, de los que 100.000 quedaron impunes, así como 500 secuestros, ejecuciones extrajudiciales y desapariciones forzadas. Además, en las cárceles perdieron la vida 4.000 personas y otras 12.000 resultaron heridas en distintos incidentes, según datos oficiales. En materia económica, la inflación acabará 2012 en torno al 30%, porcentaje similar al de los tres años precedentes, mientras persiste el déficit de viviendas (tres millones en un país en el que más del 30% de la población vive en chabolas o ranchos). Y las subidas salariales, del 571% en los últimos 11 años, no han compensado, ni de lejos, los aumentos de precios, que en igual periodo superaron el 725% . Venezuela importa dos tercios de lo que consume y exporta menos petróleo que hace 14 años (3,5 millones de barriles diarios en 1998 frente a 2,5 millones en este 2012), cuando Chávez se hizo con el poder, aunque ahora vende a precios siete veces más altos. El dinero que logra PDVSA, la firma petrolera estatal, se va a cubrir los enjuagues económicos del chavismo y para los funcionarios enchufados en la compañía, que han pasado en un decenio de 30.000 a 105.000. En 14 años, la deuda pública se ha multiplicado por siete, hasta 225.000 millones de dólares, en tanto las expropiaciones de empresas, más de 1.175, y de tierras cultivables, 3,8 millones de hectáreas, han mostrado la inseguridad jurídica que aporta el régimen -casi nunca se ha pagado nada a cambio de la incautación- y la propia ineficiencia gubernamental, ya que muchas de las primeras han cerrado y parte de las segundas ni siquiera se mantienen en explotación. Para compensar la presencia en el país de cerca de 50.000 cubanos -unos 30.000 médicos (de los que desertan unos 500 al año) y enfermeros, 15.000 maestros y más de 3.000 asesores-, La Habana recibe 100.000 barriles diarios de petróleo y otras compensaciones que sobrepasan los 5.000 millones de dólares al año. La producción ha caído en todos los sectores por razones diversas, desde la falta de electricidad a la de divisas para realizar importaciones de materias primas o mejoras, ya que sólo reciben trato de favor, vía control de cambio oficial del dólar, los empresarios cercanos al Gobierno.
Las infraestructuras -carreteras, ferrocarriles, puertos y aeropuertos- se hallan en condiciones lamentables: o no se renuevan o carecen de las exigibles inversiones modernizadoras. Las Fuerzas Armadas responden a los intereses del Gobierno, no del Estado -es paradigmático el eslogan que figura en los acuartelamientos: “Patria, socialismo o muerte”-, la política exterior tiene intereses preferentes con los países menos democráticos -Cuba, Irán, Siria, Bielorrusia, China, Rusia- o populistas de América Latina (Ecuador, Bolivia, Argentina, Nicaragua), el poder judicial está entregado a la causa del chavismo y manejado por éste, la educación sigue pautas castristas y de adoctrinamiento ideológico, y, en fin, los derechos y libertades sufren la intimidación y el acoso de las huestes que apoyan al régimen. Tan es así que la Human Rights Watch y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha denunciado las restricciones a la libertad y la utilización del poder punitivo del Estado para intimidar, sancionar o encarcelar a los opositores -como le sucediera al propio Capriles, que pasó dos años en prisión-, así como la persecución a periodistas y medios de comunicación. Tras el cierre de tres canales de televisión y 32 emisoras de radio antichavistas, el Gobierno ha montado un enorme tinglado de propaganda con cientos de emisoras oficiales y comunitarias de todo tipo para competir con los medios privados. Estos están sujetos a restricciones y obligaciones inauditas, como conectar en directo para transmitir los actos que a Chaves y sus adláteres se les ocurran.
Con este panorama, al que es obligado añadir la falta de alimentos básicos y las colas para su adquisición, Capriles ha surgido como líder inesperado y calmo, eficaz, honrado y comprometido con su pueblo en una reconciliación esperanzada, sobre la que insiste una y otra vez, machaconamente. Se dice dispuesto a continuar, mejorándolos y dotándolos de transparencia, algunos de los programas sociales que Chávez ha emprendido para las gentes más humildes y necesitadas. También se ha comprometido a anular la Ley Habilitante, que permite gobernar por decreto, subir el salario mínimo, atender las infraestructuras y los servicios públicos, aprobar un plan nacional contra la inseguridad y en favor del desarme de la gente (se calcula que en Venezuela existen no menos de 10 millones de armas sin control legal), acabar con los grupos paramilitares y con las facilidades otorgadas a ETA y las FARC. Otros puntos de su programa se refieren al equilibrio fiscal, la reordenación del gasto, el regreso de capitales, normas de seguridad jurídica para la vida económica, recuperar la autonomía del Banco Central, combatir la inflación, incentivar la creación de empleo y el crecimiento, normalizar los cambios de divisas, reordenar el sector petrolero para mejorar la posición interior y exterior de Venezuela, hoy noveno productor mundial y quinto exportador, y acabar con la enorme corrupción existente que, según Transparencia Internacional, ha llevado al país a figurar entre los más sobornables del planeta.
Si gana Capriles -como ya hiciera la oposición en 2007 y 2010 en sendas consultas- y su victoria es aceptada por todos, incluido el chavismo, que gobierna todas las instituciones del Estado, el cambio puede tener dimensiones históricas. De vencer Chávez, previsiblemente habrá más de lo mismo, con el agravante de que el alcance de la enfermedad del presidente sigue siendo una incógnita, ya que algunas fuentes no le dan sino tres o cuatro meses de vida. En tal caso, llegarían nuevas elecciones y, quién sabe, acaso una nueva oportunidad para el abogado Capriles. De lo contrario, Venezuela seguirá deslizándose por la senda del empobrecimiento, la corrupción, la falta de libertad e incluso la demolición de la propia sociedad civil, tal y como hoy la conocemos.