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Muy igualado> Por Juan Manuel Bethencourt

Queda una semana para las elecciones presidenciales de Estados Unidos y las cosas se mantienen igualadas hasta el extremo. En realidad, no se recuerda una situación semejante, aunque quizá nos sirva el paralelismo con el duelo que George W. Bush y Al Gore libraron hace ahora 12 años. Aun así, hay que recordar que entonces el candidato republicano llegó a la cita con las urnas por delante en las encuestas, para alzarse luego como presidente por la polémica decisión del Tribunal Supremo sobre las papeletas de Florida. Ahora la situación es si cabe más emocionante, porque Barack Obama y Mitt Romney llevan ya dos semanas en un punto de equilibrio demoscópico que no termina de definirse hacia uno u otro lado. A día de hoy no es improbable que el presidente sea reelegido aun con menos votos en el cómputo total de sufragios, al aprovecharse de su presumible victoria en algunos estados que suelen resultar decisivos al amparo del anticuado sistema electoral estadounidense.

Este es siempre el caso de Ohio, también de Iowa, Nevada y Colorado en estos comicios. Siempre se tiene la mirada puesta en Florida, como en 2000, y ahí es Romney quien parece contar con mejores opciones, aunque en su caso se puede afirmar que no es que cuente con Florida para ganar, sino que necesita los votos de Florida para no perder. El candidato republicano, a pesar de sus meteduras de pata, ha demostrado ser un aspirante sólido que pone el acento en sus presuntas cualidades como gestor de la economía, basadas a su vez en su éxito pretérito como empresario. Con muchas dificultades y no pocas dudas, finalmente Romney ha logrado catalizar una alianza de conservadores que pueden discrepar en muchos asuntos, pero que están de acuerdo en algo: todos quieren echar a Obama de la Casa Blanca y se aplican con denuedo a la tarea. Eso pasa por motivar al campo propio, pues los sondeos indican un grado de polarización de la sociedad estadounidense muy superior al de hace años o décadas; parece una tendencia de estos tiempos, menos porosidad electoral y más motivación fundamentada en el desprecio al adversario (como en España, como en Canarias). El objetivo de Obama es idéntico: recuperar algo de su magia para alimentar a una coalición de jóvenes, titulados, jubilados y minorías que, si se levantan el martes próximo con ganas de votar, decidirán la continuidad del presidente. Pero este va a ser un partido muy largo.

@JMBethencourt