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Un peligroso cansancio – Por Francisco Pomares

Las interpretaciones son libres, pero los hechos no: al margen de la victoria de Nuñez Feijó, el hecho es que en Galicia los electores han desertado masivamente de las urnas. De momento, lo que ha ofrecido Galicia es una demostración patente de cansancio social, de hastío ante la falta de perspectivas y la similitud de los programas, que solo se diferencian en las palabras, no en los objetivos ni en los instrumentos. El electorado de derechas siempre ha sido más disciplinado y acrítico con los suyos que el de izquierdas, pero estoy seguro de que también hay votantes conservadores entre el casi sesenta por ciento de electores gallegos que pasaron totalmente de esta fiesta. En Galicia se ha repetido un fenómeno casi idéntico al ocurrido en las últimas elecciones generales, cuando dos millones de ciudadanos cabrerados decidieron abstenerse, haciendo que el PP lograra una abultada mayoría absoluta con bastantes votos menos de los que a Zapatero no le dieron la mayoría cuatro años antes. Pero todo eso son interpretaciones, repito: lo preocupante es el hecho de que miles de ciudadanos gallegos hayan preferido quedarse en sus casas, hasta el extremo de que en estas elecciones solo han votado cuatro de cada diez personas con derecho a hacerlo. Mal asunto. El PP puede celebrar su victoria, incluso suponer que esta situación de desafección del electorado de izquierdas se mantendrá en el futuro y permitirá un par de legislaturas de signo popular. Pero habrá que preguntarse si todos esos votantes de izquierda que han preferido quedarse en sus antes que apoyar a un PSOE que se manifiesta incapaz de ofrecer alternativas a la crisis, se mantenrán en la apatía o tenderán en el futuro a la radicalización y el extremismo.

Porque el mapa político de España tiende al radicalismo y la fractura: las tensiones tradicionales entre los discursos liberal y socialdemócrata (vamos a llamarlos así con mucha largura), pueden acabar por ser sustituidos por dos discursos irreconciliables: el del sistema contra quienes no creen en él, y el de la periferia contra el Estado. La situación que los resultados abren en el País Vasco, con un clarísimo predominio de fuerzas separatistas sobre las que defienden la actual Constitución, adelanta la posibilidad cierta de mimetizar en clave vasca la algarabía catalana. En medio de una grave crisis, las tensiones de la periferia con el centro -y no se trata ahora de buscar responsabilidades- hicieron inviable la democracia española en 1936. Un año antes de que el país reventara por sus cuatro costados, gobernaba España una coalición de derechas, convencida de su capacidad de controlar la situación.