las pequeñas cosas - Irma Cervino

La peor candidata – Irma Cervino

Siento hablar tanto de mi edificio y de mis vecinos pero es que podría escribir un libro y me quedarían fuera historias para una segunda y una tercera parte. Insisto en que muchos de ellos ven demasiada tele o, por lo menos, mala tele y así están, inventando ideas absurdas.

Tras la fallida de querer convertir el ascensor en un taxi, que por fortuna no llegó a prosperar -dicho sea de paso-, ahora están pensando en que cada uno de nosotros apadrinemos a otro vecino, “por lo que pueda pasar” en esta actual situación de crisis, dicen. La ocurrencia ha sido de Brígida, la hermanísima de la presidenta de la comunidad que, hace unos días, estuvo viendo un telemaratón -lo sé porque cuando me fui a acostar escuché su tele a todo meter a través del patio- y, ahora, se ha empeñado en que tenemos que hacer algo solidario.

Ha insistido tanto que Úrsula, su hermana y presidenta oficial, le dio carta blanca, por no escucharla más, y le recomendó que hablase con el tesorero que, a su vez, se lo comentó al responsable de comunicación vecinal que ya nos ha enviado un comunicado al respecto. “La cosa está muy mal y cualquiera de nosotros se puede quedar en la calle”, explica someramente el comunicado. “Este edificio es uno de los más reconocidos del barrio debido al buen entendimiento, trato y comportamiento entre sus vecinos y queremos que siga siendo así”, continúa el texto. En definitiva, y por no cansarles más con la rocambolesca historia solidaria, la propuesta es que cada uno elija a qué vecino quiere apadrinar y, si no se llega a un consenso entre nosotros, será la propia Úrsula la que se encargue del reparto.

El apadrinamiento sui generis este no tiene que ver con desembolsar más dinero ni pagar una cuota mensual sino con acogimiento casero y comida. Desde que el comunicado se hizo público, he notado algún que otro comportamiento extraño. Los Padilla, los Rodríguez y el matrimonio del segundo derecha intentan esquivarme y ya no me saludan como antes. De hecho, lo que más me ha sorprendido es que, al contrario, se han vuelto demasiado amables con las presidentas a las que no soportan y a las que ya les han abonado la cuota de la comunidad de dos meses por adelantado.

Estoy segura de que este cambio de actitud tiene que ver con el tema culinario. Porque, aunque adoro a los niños y a las personas mayores, soy solidaria y me encanta ayudar a la gente, reconozco que no me gusta cocinar. Se me da muy mal, vamos, fatal. Así que supongo yo que a la hora de necesitar un padrino, mis vecinos prefieren a alguien que les pueda preparar un plato de potaje o un rancho canario como dios manda, antes que una sopa de sobre, una lasaña precocinada o un bistec quemado pero con mucho cariño. Es lógico.