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El peor enemigo de lo público – Por David Sanz

Las calles están sucias, muy sucias. Dicen los ayuntamientos que no tienen dinero para contratar más personal de limpieza. Parece ser que los que tienen en nómina no son suficientes. Y con esta disculpa se quedan tan anchos y panchos nuestros munícipes, con la conciencia limpia y las calles manchadas. Es extraño, porque al menos en Santa Cruz de La Palma se ven bastantes barrenderos y no es que la capital palmera sea precisamente México DF en extensión para que una cuadrilla se vea desbordada. La limpieza es la mejor tarjeta de presentación de una ciudad. Hay casos en España muy llamativos de ciudades que cambiaron radicalmente, haciendo un esfuerzo importante en limpieza, como Bilbao o Sevilla. Vale, es verdad que influyeron aspectos tan decisivos como inversiones públicas muy potentes, que fueron a recaer en dichas urbes por distintos motivos. Pero quien conoció, por ejemplo, la capital hispalense antes de la Exposición Universal de 1992 y después, más que con el AVE, el parque tecnológico de La Cartuja o el puente del Alamillo, se quedaría con el lustre que recobró su casco histórico. Santa Cruz de La Palma es la puerta de entrada de cada vez más turistas de cruceros. Y la ciudad, como el resto de la Isla, es un destino muy apetecible para los cruceristas por los atractivos que condensa su patrimonio cultural y natural. Para que este segmento del turismo no decaiga es fundamental que la ciudad esté limpia. Algo muy básico, pero demasiado difícil, parece. No vale el conformismo de achacar a la falta de recursos que no se pueda hacer más. Los concejales están ahí para buscar soluciones, no para reconocer problemas. Para eso y para procurar no crearlos estamos el resto de la sociedad. Si no pueden, se sienten desbordados o la realidad los supera, lo mejor que pueden hacer es entregar el acta. Hay que tirar de imaginación antes de claudicar y arrojar la toalla. Con todo, el principal responsable de que nuestras ciudades y pueblos estén que dan asco no son los políticos, lo siento por tanto demagogo experto en ver la mota de polvo en el ojo del alcalde y no la viga en el suyo. Es el menosprecio que como sociedad sentimos hacia lo público, escupiendo y meando sobre lo que es de todos. Así nos va.