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El problema del centauro> Por Saray Encinoso

En los años 40 fue todo un descubrimiento. La economía del desarrollo nació y parecía tener la fórmula perfecta para erradicar la miseria que corroía muchos países. Sus impulsores estaban convencidos de que el crecimiento solo podía tener un efecto sobre la pobreza: reducirla. El tiempo, y ambiciosos economistas como el indio Amartya Sen, demostraron que el bienestar de un país nunca se podría medir teniendo en cuenta solo el producto interior bruto y la renta per cápita. Algunos estados del Tercer Mundo ya habían logrado por ese entonces mejorar notablemente estos indicadores pero, sorprendentemente, sus habitantes seguían teniendo los bolsillos y los estómagos vacíos. ¿Cómo podía crecer la economía y caer en picado la felicidad?

Algunos años más tarde Naciones Unidas, siguiendo los estudios de Sen, diseñó el Índice de Desarrollo Humano (IDH), una interesante variable que combinaba la esperanza de vida, la tasa de alfabetización adulta, la escolarización y la renta. La consolidación de este concepto fue muy importante porque puso en duda la manera de actuar de instituciones como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional a la hora de diseñar estrategias de desarrollo. Demostró que había mucho más en lo que fijarse que la economía.

Desde entonces -y en teoría-, el mundo ha tenido claro cuál era el camino que había que seguir para garantizar el progreso. Cuando Lehman Brothers quebró hace cinco años, todo eso cambió. Las certezas que teníamos se derrumbaron. Nuestro gobierno empezó a restringir el acceso a la educación y a la sanidad, permitió que miles de jóvenes no pudieran acceder a un empleo y expulsó a millones de personas sin prestación a la indigencia de esta era. Es decir, en pleno siglo XXI, con un sistema democrático, nos quitó la libertad.

Hace unos días esa sensación quedó certificada: los expertos han confirmado que España es ya el segundo país de la eurozona con mayor desigualdad. Necesitamos volver a escuchar lo que Sen aprendió y que hizo que le otorgaran el Nobel de Economía en 1998. En su discurso advirtió: “Se dice que un camello es un caballo diseñado por un comité. Un comité que trate de acomodar los deseos de sus miembros podría terminar con un centauro de la mitología griega, mitad caballo y mitad otra cosa, una creación volátil que combine lo salvaje y lo confuso”.

@sarayencinoso