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Raíz cuadrada de la nación – Por Jorge Bethencourt

Hay países a los que les gusta hacer leyes para que duren muchos años y regulen la convivencia de varias generaciones. En España no. En España nos gustan las leyes pret-a-porter, para cambiarlas cada temporada, cuando toca ganarse un titular de periódico. El sistema educativo español ha soportado 13 iniciativas legislativas. 13 grandes cambios del iluminado de turno que piensa haber sido elegido para reformar un país donde el número de abandonos escolares está por encima de la media europea, donde estamos a la cola de personas cualificadas en formación profesional, donde tenemos más titulados universitarios de carreras que no se demandan en el mercado laboral… La reforma de Wert tiene cosas razonables. Resucitar el concepto de competencia, de evaluación de conocimientos, que acabe con un sistema donde se iguala a todo el mundo en la mediocridad, es una de ellas. Pero lo que importa es el fondo del asunto: que las leyes, que estructuran el mundo de las futuras generaciones o afectan a nuestra convivencia, no surgen del acuerdo entre grandes mayorías capaces de proveerlas de estabilidad y permanencia. Desde la educación al Código Penal. Desde el modelo de Estado hasta la interrupción del embarazo. Las leyes nacen desde el apoyo de las mayorías de coyuntura y las urgencias de los titulares de los medios de comunicación. Se gobierna para pasado mañana y la política es un permanente posado. La casa común del Estado se ha convertido en una reforma que se construye sobre otra reforma anterior. Los ciudadanos, habitantes fantasmales de ese ectoplasma en permanente discusión llamado España, vagan desorientados por pasillos legales de una educación que de un año para otro cambian de dirección y de sentido y nos ha llevado, con todo éxito, a la cola de Europa. No existe un consenso que haga confluir en un solo interés el interés de todos en cambiar este panorama. Porque el crónico enfrentamiento produce que todo sea provisional, hasta la vuelta de la próxima urna. El debate hoy no es cómo podemos tener una mejor educación, sino la base identitaria educativa o la ideológica. La lengua en que se imparte. El hecho nacional. Lo importante no es, por tanto, la raíz cuadrada sino las raíces soberanas que cuadren con la nación. Lo trascendente no es la tabla periódica de elementos, sino los elementos del periódico tabloide. El reto no es la educación, sino la propaganda. La formación del espíritu nacional que ya puso de moda el régimen de Franco y hoy se copia con entusiasmo. La discusión es qué jodida nación insufla el espíritu en la tropa. Qué caterva de rebenques. Qué panda de incompetentes. Esto sí es una plaga y no la prima de riesgo.

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