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Recuerdos del futuro> Por Juan Hernández Bravo de Laguna

Una vez más, el fantasma de la independencia catalana recorre la escena política española con el propósito deliberado de distraer la atención de la ciudadanía. Los nacionalistas catalanes, con el presidente Artur Mas y la Generalitat al frente, intentan que el ruido y la algarabía de sus reivindicaciones soberanistas hagan olvidar la pésima gestión económica catalana de los últimos años, una gestión irresponsable y despilfarradora, que les ha llevado hasta la quiebra y la necesidad de solicitar un rescate al Estado. Para eso sí vale España. Y en eso no se distingue Cataluña de otras Comunidades Autónomas, a las que los catalanistas tanto desprecian. Una hipotética independencia en plena crisis económica y financiera les colocaría ante un problema mucho mayor, un problema que se llama Unión Europea, moneda única y mercado español. Por eso el empresariado catalán no es independentista, aunque todos no lo reconozcan con la rotundidad de José Manuel Lara Bosch, el presidente del poderoso grupo Planeta, que hace poco ha manifestado con absoluta claridad que el grupo abandonaría Cataluña -”se tendría que ir”- si se consumara la secesión. Como era de esperar, el Govern se ha apresurado a descartar una fuga de empresas y capitales con motivo de la independencia, pero la realidad empresarial catalana desmiente con contundencia lo que es una mera declaración política forzada.
El victimismo inaplacable de los catalanistas, obligado en todo nacionalismo, proclama que Cataluña aporta al Estado mucho más de los que recibe y que, por consiguiente, lo está financiando y está siendo expoliada fiscalmente. De ahí su reivindicación de un pacto fiscal y de una hacienda catalana independiente de la española, como paso previo a la separación política. Sin embargo, la verdad es que la economía catalana se sustenta en el mercado único español -cautivo-, en los consumidores españoles y en el intercambio de bienes y servicios con el resto de España. Un ejemplo de libro, nunca mejor dicho, lo constituye el grupo Planeta, que se sostiene en la lengua española y en los mercados español e hispanoamericano. A pesar de la brutal persecución que sufre el español en Cataluña y del masivo apoyo económico público al catalán, se trata de un idioma menos que minoritario, que apenas se habla fuera de Cataluña y cuyos hablantes son bilingües. En definitiva, poco rentable económicamente. No es casualidad, entonces, que los grandes medios de comunicación catalanes, incluyendo los periódicos más importantes, generalistas y deportivos, apuesten por el español. Y que la audiencia en Cataluña de las cadenas televisivas en español supere abrumadoramente a la minoritaria televisión en catalán.
No obstante, a pesar de las evidencias económicas, el nacionalismo catalán optó desde sus orígenes por un planteamiento independentista, aunque, eso sí, concebido como un objetivo a largo plazo y, sobre todo, como medio de presión ante los aparatos madrileños de poder político. No en vano la industria ligera catalana, en particular la textil, necesitaba el proteccionismo y el mercado español. Era una situación ambigua y bipolar, nunca resuelta, que motivó la conocida opinión de Ortega y Gasset, quien en 1932 advertía que el problema catalán no tiene solución y hemos de aprender a convivir con él. Ya el 14 de abril del año anterior, Francesc Macià había proclamado la República Catalana cuando en Madrid se proclamaba la República Española, en la que finalmente aceptó permanecer. Un Francesc Macià que en su biografía personal mostraba las contradicciones y la ambigüedad bipolar del nacionalismo de su tierra: fue un independentista radical y, al mismo tiempo, un teniente coronel de ingenieros del ejército español, cuya bandera juró, si bien terminó retirado a petición propia.
Durante la última guerra civil, Azaña se quejó en varias ocasiones de la deslealtad de los nacionalistas catalanes, que intentaron hasta el final una paz separada con Franco. Ahora parecen dispuestos a llevar la confrontación hasta sus últimas consecuencias, en una dinámica callejera de hechos consumados que desconoce el Estado de Derecho porque se sitúa al margen de la Constitución y del resto del ordenamiento jurídico. Los catalanistas quieren la independencia, y lo demás son coartadas y excusas. En estos momentos es la exigencia del pacto fiscal y en otros momentos serán otras. Cualquier cosa vale para responsabilizar al Estado de una ruptura que está en la base de sus ideas y su acción políticas. Para responsabilizar al Estado de una falta de lealtad institucional que les hace usar la Constitución, el Estatuto y las leyes como meros instrumentos de usar y tirar.
Algunos llaman a eso un punto de vista político o democrático, y lo distinguen de lo que denominan un punto de vista jurídico. Algunos contraponen una supuesta legitimidad de la calle a la legitimidad de la Constitución y las leyes, es decir, del Estado de Derecho. Nosotros, por el contrario, creemos que fuera de ese Estado y de su legitimidad no hay democracia posible, y que desconocer la Constitución y las leyes y actuar en su contra se llama golpe de Estado, destruye la democracia y conduce a la dictadura. Se intentó en 1981. Algunos eran muy jóvenes y no lo recuerdan.