algo más que palabras>

Reflexión sobre la muerte desde la vida> Por Víctor Corcoba Herrero

Noviembre es un mes con paladar meditativo, no en vano se celebra el día de los muertos en casi todo el mundo, cuestión que nos invita a reflexionar sobre el valor de la vida. En ocasiones, se tiene la sensación, por ciertos hechos cotidianos donde impera el odio y la venganza, que el mundo camina a la deriva. Nos han enseñado a movernos en el terreno de las cosas, como si fuéramos máquinas con fecha de caducidad, a tener poco tiempo para pensar y mucho para gastarnos y desgastarnos en estupideces. Junto a este contexto, apenas nos hemos interpelado sobre el sentido de nuestra existencia y en qué dirección orientarnos. Reflexionar sobre la muerte desde la vida es algo tan necesario como preciso. Al menos nos va a enseñar a pensar mucho y a vivir de otra manera. La autenticidad del ser humano es lo que va a permitir transformar las cosas.

A mi juicio, por tanto, tenemos que huir de esta cultura materialista que nos inunda y ser más reflexivos, más sujetos pensantes en definitiva. No es bueno dejarse atrapar por este desierto espiritual que nos han injertado, en vena, fibras opresoras a su antojo. Tampoco es saludable permitir que piensen por nosotros. Precisamente, uno de los mayores placeres de esta vida radica en el hábito de pensar para ser yo mismo con todos. Ciertamente, no hay persona que no tenga familia que recordar. Los recuerdos, sin duda, son también otra forma de vivir, la hacen más profunda. Se entronca en lo íntimo del corazón con las generaciones que nos precedieron. La muerte no debe interrumpir ese diálogo con nuestro tronco originario, con nuestro vínculo sentimental a través del abecedario del alma, mucho más fructífero que cualquier otro lenguaje. Nuestra vida es la muerte de los antecesores y su vida es también nuestra muerte. Ya se sabe, las personas pasan, pasaremos un día todos.