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La resiliencia> Por Isidoro Sánchez García

El 13 de octubre es una fecha inolvidable para algunos ciudadanos del mundo. Unos porque nacieron ese día o porque se marcharon de este mundo terrenal, como fue el caso del grupo de 45 uruguayos que volaban el viernes 13 de octubre de 1972 rumbo a Santiago de Chile para jugar, la mayoría de ellos, un encuentro de rugby; otros porque es su santoral, si hablamos en términos religiosos, y es el caso de mi hermano Eduardo, conocido familiarmente como Dardi, quien también conoció y sufrió en su vida, no llega a un lustro, una grave incidencia en su salud hasta el punto de que en cuatro ocasiones le dieron de baja como ser vivo. Pero escapó y por ello quisieron contratarlo en la UVI del HUC como animador, por su capacidad de vivir. En mi opinión su salvación se debió a su alta resilencia, con mayúscula, material y espiritual.

De la resiliencia hemos hablado en algunas ocasiones y ahora que se han producido acciones de diversa índole no estaría de más hacer un alto en el camino para recordar este concepto tan manido en los últimos tiempos, en el mundo de la física como en el de la ecología, en la psicología como en la política.

Ya lo dijimos en su momento, fue la física la que comenzó a dar a conocer esta capacidad de los metales para resistir determinadas pruebas que se hacían con ellos para comprobar su estado “anímico” y su calidad. Luego oí hablar de este concepto novedoso en la Ley de Montes de 2003, cuando se establecieron los principios que la inspiraron, y entre ellos destacaba el k): “Adaptación de los montes al cambio climático, fomentando una gestión encaminada a la resiliencia y resistencia de los montes al mismo“. Es decir que la resiliencia comienza a aplicarse en el mundo de la ecología.

Antes había llegado al campo de la psicología humana y se la definió como la capacidad de los sujetos para sobreponerse a los traumas derivados de dolores emocionales, hasta el punto que pueden llegar a resultar fortalecidos cuando llegaban a alcanzar una resiliencia adecuada. De hecho se le considera a la resiliencia como una psicología positiva diferente a la psicología tradicional. Desde la neurociencia se considera que las personas resilientes tienen un mayor equilibrio emocional frente a las situaciones de estrés, soportando mejor la presión, lo que, según el Instituto Español de Resiliencia, le permite una sensación de control frente a los acontecimientos y mayor capacidad para afrontar retos.

Estamos hablando de resiliencia en el ámbito humano y quizás por ello no debe extrañar que el médico psiquiatra venezolano, el dr. Manuel Ortega, haya acudido a esta definición técnica para animar a muchos millones de compatriotas suyos a cuidar el desarrollo de la culpa, porque la mente es un mecanismo que se activa fácilmente y esto se relaciona con buscar culpables. Lo dice al comentar los resultados de las elecciones presidenciales en la república de Venezuela celebradas el pasado 7 de octubre.

Como podrán comprobar se trata ahora de resiliencia política. He de reconocer que Dardi sabe mucho de estos tipos de resiliencias que estamos hablando. Fue capaz de diferenciar en su momento dos componentes: (i) la resistencia frente a la destrucción, o sea, la capacidad de proteger la propia identidad bajo presión; y (ii) la capacidad para construir un conductivismo vital positivo pese a circunstancias difíciles. Luego comprobé que Dardi, una vez superada la crisis, se convirtió en una fábrica de endorfinas, de energías positivas.

Todos estos comentarios me han venido a la mente al recordar la fecha del 13 de octubre de 1972 y la tragedia de Los Andes. Casualidades de la vida profesional hicieron que ese día estuviese muy cerca de la zona andina, ya que habíamos viajado a Argentina para participar en un Congreso Forestal Mundial. Ese fin de semana, ese viernes 13, estábamos tomando café en un restaurante de la zona del Llao Llao cuando escuchamos en la televisión la noticia del terrible accidente aéreo.

Cuarenta años después, el viernes 12 de octubre de 2012, me llama mi hermano Dardi para comentarme la entrevista que le habían hecho esa noche, en la televisión, a uno de los 16 supervivientes de la tragedia uruguaya, al parecer ingeniero agrónomo y presidente de la Fundación Viven, y la referencia que apuntó acerca de la resiliencia que adquirieron en esos momentos dramáticos y se prolongaron hasta el 22 de diciembre del mismo año. Señaló los tres ingredientes que les ayudaron a salvarse: el equipo humano que conformaron, la confianza que nunca perdieron y la fe que mantuvieron.

Me acordé entonces de dos escritores uruguayos de épocas bien diferentes del siglo XX: Yolanda Lleonart, autora de literatura infantil; y Eduardo Galeano, ínclito poeta y ensayista, autor, entre otros, del libro Los Hijos de los Días. Asimismo, de la canaria Mercedes Pinto, que apostó por Montevideo por razones de “higiene espiritual”, excelente ejemplo de resiliencia, como aquellos uruguayos que volvieron a nacer en Los Andes, y también como mi hermano Eduardo.

El mar y la montaña son buenos lugares para conseguirlo.