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Una tierra única – Por Jorge Bethencourt

Somos, realmente, una tierra única. El eslogan lo bordó. Hay evidencias incontestables que nos presentan como una anomalía fascinante en el aburrido panorama de la crisis. Sólo aquí, que yo sepa, se dan casos tan pintorescos como que un avión, con sus pasajeros alistados, su tripulación dispuesta y su viaje previsto, se quede en tierra porque el banquero que pagó el aparato se ha llevado los papeles, que deben ser el equivalente al permiso de circulación. Y a nadie se le mueve el bigote.

Y es que estamos ocupados en cosas más importantes. Porque mientras Artur Mas se sale de la Constitución porque le revienta el título octavo, los socialistas tinerfeños la descosen por el título primero, proclamándose republicanos -cosa que comparto- en un Estado que es una Monarquía parlamentaria. Y tanta alergia tienen a la realeza que están incluso contra la elección de reinas en las fiestas patronales de los pueblos.

Vivimos en un país con un paro que bate récords mundiales. Donde la economía sumergida está a nivel de la fosa de las Marianas, con calamares ciegos y hartos de pagar impuestos que van a parar a las alcantarillas del gasto público. Con un costo de la vida superior a la media del territorio continental. Con miles de jóvenes condenados a no encontrar un primer empleo y miles de mayores condenados a perder el último que tendrán en su vida. Con unos gobiernos centrales, el actual, el anterior y el próximo, desmelenados en recaudar más dinero de nuestros bolsillos para pagar todo lo que nos gastamos a crédito. Vivimos en una economía fracasada, que genera menores rentas que nunca, y mientras nos crecen los enanos el personal anda enfrascado en controlar la megafonía del circo.

Es difícil explicar tanta incompetencia. Tanto desapego de la realidad. Tanta penuria mental en gente a la que se le puede suponer un talento superior a la media. Mientras los bárbaros de la ruina tocan a las puertas de Roma, los representantes del régimen discuten apasionadamente la elección de las vestales de Venus y la inmortalidad del cangrejo, los acreedores desahucian a los pasajeros de un vuelo y nos andamos pensando a quién le podemos pedir el pastizal que nos hace falta para poder seguir pagando las nóminas y los gastos del imperio.

Todo esto daría risa, si no fuera porque nos pasa a nosotros. Este es un circo, pero romano. Y hay dos millones de personas, carne de picadillo colocada sobre la arena, para mayor gloria de los leones. Aunque me fume hasta el hierbahuerto de las macetas de mi madre les juro que no le encuentro la gracia a esta tierra única y surrealista.

@JLBethencourt