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¡Viva la porra! – Por Miguel L. Tejera Jordán

Pensaba pergeñar unas pocas líneas sobre los resultados de las elecciones gallegas y vascas, pero desisto. Ya han corrido ríos de tinta sobre los dos comicios. Hoy prefiero centrarme en las declaraciones de Ignacio Cosidó, director general de la Policía, cuando afirma que quiere cambiar la ley de seguridad para evitar que se difundan imágenes de los agentes del orden mientras hacen su trabajo como antidisturbios, esto es, cuando dan goma a diestro y siniestro a los ciudadanos que se manifiestan por una u otra causas. Cosidó alega que es de su responsabilidad asegurar la privacidad de los agentes para que no sufran represalias una vez que han terminado su trabajo. Pero, en realidad, al director general, lo que menos le importa es que se conozca la identidad de los funcionarios.

Lo que persigue (paradójicamente un licenciado en Ciencias Políticas y doctor en Historia Contemporánea) es que no se divulguen escenas en las que funcionarios, poco o nada escrupulosos, aparezcan apaleando a los manifestantes en cualquiera de los escenarios de protesta que se viven actualmente en todo el país, ¡y lo que te rondaré morena! Es decir, con el pretexto de protegerle el rostro a los aporreadores abusones (que seguramente no son la mayoría, pero los hay, y con ganas de atizar de lo lindo), Cosidó quiere prohibir por ley que los telediarios y las primeras páginas de los periódicos se llenen de escenas que horrorizarían a todo el mundo civilizado. Vale que el director general de los aporreadotes proponga que se pixelen las citadas imágenes en todos los medios, pero una cosa es pixelarle los rostros a los agentes actuantes, como si fueran niños y, otra, muy diferente, dejar de divulgar los excesos y atropellos policiales que hemos visto todos los españoles recientemente. Además, en los tiempos que corren, con Internet y las redes sociales funcionando a todo trapo, Cosidó nunca podrá evitar que las fotos y las escenas den la vuelta al mundo sin que sirvan de nada sus propuestas de cambios legales. Con lo que la pretendida privacidad de los policías antidisturbios no sólo no se garantizaría, sino que las redes abundarían hasta la saciedad en la repetición de los rostros de los ogros aporreadores. Así es que mejor lo deja, don Ignacio: sus cambios no le van a valer de nada. Y los demócratas seguiremos gozando; disfrutando de una Constitución que garantiza la libertad de expresión por encima de cualquier cambio legal. Usted quiere que sus muchachos le den leña al personal. Y por el camino que usted propone, primero se empieza por ocultar los excesos y atropellos policiales y se termina metiendo a todos los disidentes en los trenes… camino de los campos de concentración que seguramente habilitarán usted y su partido en campos de Castilla. Me sorprende, don Ignacio, que sea usted salmantino. No ha aprendido usted nada del paso por tan maravillosa ciudad -y Universidad- del genial don Miguel de Unamuno. Por favor, no cante usted “¡Viva la muerte!”, que es como cantar “¡Muera la vida!” No contribuya usted al declive de la inteligencia. Del memo de Felip Puig, consejero de Interior de Cataluña, y de su llamada a los mossos de escuadra a la resistencia frente a una “invasión española”, me ocuparé otro día.