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Amanecer – Alfonso González Jerez

Escribo mientras amanece el miércoles de la huelga general. El cielo, gris algodonoso, es la toalla en la cabeza de un noviembre de migrañas. Hace un rato, en una radio obispal, he escuchado ladrar en contra de la huelga las estupideces de rigor. Uno de los chuchos adictos al agua bendita estuvo a punto de afearle la conducta a los desahuciados por los bancos: qué empeño en proyectar al mundo los rostros angustiados de la miseria. Y el colmo es esa gente suicidándose por encima de sus posibilidades. Lo importante, con todo, es lo que ocurra después de la huelga, sea su éxito mayor o menor. Es (ha sido para ustedes) una huelga diferente: por primera vez se ha convocado simultáneamente por sindicatos mayoritarios de varios países europeos; por primera vez, igualmente, cuenta con una amplísima adhesión de plataformas, comités y entidades sociales. Pero por primera vez, también, se hace huelga bajo una legislación laboral que ha fragilizado o liquidado derechos de los trabajadores y ha inoculado más miedo, incertidumbre e inseguridad. Objetivamente hoy es más arriesgado practicar el derecho de huelga que en el pasado marzo, y se notará. Cabe presagiar una huelga semiexitosa o semifracasada y, en cambio, unas manifestaciones multitudinarias, siguiendo la tendencia de la última convocatoria. El apoyo popular a la huelga general puede llevar al Gobierno a emprender cambios ligeros, ceder en minucias simbólicas o ralentizar algunos procesos, no a una rectificación a fondo de su estrategia política, económica o laboral. Mariano Rajoy y su equipo disponen de una holgada mayoría en las Cortes y no han cumplido un año en el poder. La huelga, correctamente entendida, es un instrumento de desgaste, una ocasión concentrada en el tiempo para expresar el malestar social y una gimnasia organizativa para las organizaciones convocantes. Sin embargo, un par de huelgas generales al año no harán daño. Por eso lo urgente reside en la articulación de nuevos modelos de participación política y en la actitud que, en la micropolítica cotidiana, adopten los propios ciudadanos. De la organización de movimientos y plataformas con objetivos concretos y la construcción de alternativas de reforma convincentes -de la que no participan ni estúpidas retóricas revolucionarias ni la nostalgia inmovilista de un paraíso que hace un lustro tampoco era tal- depende el futuro de una democracia actualmente intervenida.