la última (columna) >

La batalla – Por Jorge Bethencourt

La primera trampa de las elecciones de ayer en Cataluña es que eran mucho más que una consulta para conformar el Parlamento. Esa fue la primera victoria de los independentistas, antes incluso de que se abrieran las urnas. Presos del metalenguaje que hacía histórica la consulta, los partidos constitucionalistas se lanzaron vertiginosamente hacia el anzuelo, pidiendo una participación masiva de los electores para conmover a los ciudadanos que no quieren separarse de España. Tanto el PP, enrocado en la defensa del actual modelo de Estado, como el PSOE, partidario de una tercera vía reformista desde dentro de la Constitución, aceptaron tácitamente el valor subyacente de unas elecciones en las que más de cinco millones de catalanes no sólo tenían que elegir a sus parlamentarios sino, a su través, dividirse en unionistas o separatistas. Imponiendo ese discurso político, los partidarios de la independencia habían ganado el primer enfrentamiento aún antes de librarlo. Para complicar el escenario, algunos entusiastas expertos de los sótanos de los poderes del Estado decidieron animar la campaña con un ataque directo a Convergencia y sus dos principales líderes, Artur Mas y Jordi Pujol, con un controvertido borrador de informe policial filtrado a la prensa.

Las encuestas ya reflejaban la caída electoral de CiU, desgastada por una política de severos recortes, lo que hace más difícil de entender un ataque directo, en mitad de la campaña, con el que rompían todos los puentes con los dirigentes de Convergencia arrojándolos en brazos de un pacto con Ezquerra. Lo que todos pidieron se consiguió: la mayor participación electoral de las últimas siete elecciones. Y el resultado subyacente de la consulta es que la mayoría independentista ha establecido la cabeza de puente de un proyecto de secesión. Artur Más, colocado ya en un punto de no retorno, puede ser esclavo del proyecto de ruptura de máxima velocidad de Ezquerra. Un pacto donde ya no cabe sino librar el enfrentamiento definitivo entre los separatistas y el Estado. Más no consiguió la mayoría excepcional que pedía. Se equivocó pensando que el soberanismo evitaría el desgaste de su gestión. La burguesía catalana se ha entregado (y ha sido empujada) a los leones de Ezquerra, salvo que, en un ataque de cuerdo suicidio, CiU pacte con los restos del socialismo catalán por una reforma constitucional pacífica. Algo que por ser lo más sensato probablemente sea lo menos probable. Todas las palabras del mundo -casi todas se dijeron anoche- no pueden ocultar que, con el triunfo del independentismo de izquierda –más radical- es ahora cuando puede comenzar una dolorosa batalla separatista en una sociedad fragmentada y radicalizada. Aplicando ese famoso corolario de Murphy, que dice que cuando varias cosas pueden ir mal irá mal la peor, ya saben lo que nos espera.

@JLBethencourt