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Canarias, Cuba, Java> Por Wladimiro Rodríguez Brito*

Ante una crisis tan dura como la que vivimos debemos analizar nuestra sociedad. La globalización parece que nos sumerge a todos en un modelo único e inmutable, dirigido por un mercado que cada día parece estar en menos manos. Los campos canario y cubano, muy vinculados en toda su historia, han entrado en crisis desde los últimos años del siglo XX. En el caso cubano se debe a su situación de economía planificada; en el caso canario son los factores económicos del supuesto mercado libre.

En Cuba la supuesta planificación da lugar a la ruina de gran parte de la agricultura, reduciéndose la producción de azúcar a un treinta por ciento de los logros alcanzados en los primeros años de la revolución y entrando en crisis la producción de alimentos para la autoalimentación con problemas serios por el déficit interno de viandas, carnes y leches. En Canarias, la crisis agraria reduce la población activa en el sector primario en más de un ochenta por ciento, no cubriendo tan siquiera el diez por ciento de la demanda interna. Hay importantes pérdidas en los productos agrarios de exportación: tomates, flores, etc. Se ha pasado de seis habitantes por hectárea labrada en los años sesenta a situarnos en más de cincuenta habitantes por hectárea cultivada en la actualidad.

También ha habido una importante descapitalización no sólo en términos económicos, sino de envejecimiento del sector primario en las Islas. La crisis agraria ha ocurrido en Canarias en el periodo más rico de su historia. Ahora disponemos de quinientos hectómetros cúbicos de agua potable al año, mientras que los manantiales del Archipiélago nunca superaron los cien hectómetros cúbicos hasta bien entrado el siglo XX. Ello ha ido acompañado de la mejora en infraestructuras, en canalizaciones, redes de transporte, hospitales, escuelas, así como la mayor masa forestal que ha tenido Canarias en quinientos años, etcétera. En el caso cubano, la revolución intentó vincular a los jóvenes con el campo (granjas escuela, etcétera). Sin embargo, los resultados son a todas luces desalentadores. En Canarias la educación y los medios han dado culto a lo urbano, devaluando lo rural; el campo como sinónimo del pasado.

Las importaciones de alimentos, en muchos casos en sistema dumping, unidas al espejismo del turismo y a la cultura del ladrillo, han puesto el resto. Por todo ello, la crisis agraria en Cuba y en Canarias tiene distintos orígenes pero iguales consecuencias. En la isla caribeña se rompió con la estructura agraria del pasado con una revolución, estableciendo un modelo agrario sin contar con los campesinos, establecido por una burocracia dirigente que entiende el campo desde un laboratorio. La consecuencia es que los campos cubanos están cubiertos de marabú (hay un proverbio cubano que dice: “Si tienes marabú en el conuco búscate un isleño y si no deja el conuco”) (Diccionario María Moliner; conuco: tierras que entregaban a los esclavos para producir las viandas de la familia). La agricultura es la cultura del territorio; Cuba y Java son dos islas muy similares; tienen ciento diez y ciento veinte mil kilómetros cuadrados ,respectivamente, con suelos y climas similares. Pero mientras en Java se autoabastecen ciento veinte millones de personas, en Cuba no da para cubrir las necesidades de once millones.

En el caso canario la devaluación del campo y la cultura campesina no son sólo la referencia que hacemos a las tierras balutas o campos sin cultivar, sino sobre todo a la devaluación de una cultura arraigada en nuestro territorio, de gran conocimiento en el manejo de cultivos de lucha contra la sequía, el viento, de conocimiento sobre semillas, frutales, etcétera. Al igual que lo que ha ocurrido en Cuba, la cultura agraria tiene mucha sabiduría localizada en cada territorio que ahora nos cuesta aprender para intentar alimentar a trescientas personas por kilómetro cuadrado en las Islas. Parece claro que agricultura y cultura del territorio son asignaturas pendientes de eso que llamamos modelo sostenible o huella ambiental, no sólo en aspectos sociales sino sobre todo ambientales para que podamos ponerle una pata más a la mesa. No parece razonable dejar en manos del lobby de la distribución la alimentación del planeta; máxime cuando controlan las semillas.

La desestructuración de las comunidades campesinas es otro grave problema. La soberanía alimentaria tan cacareada en la UE se está quedando en papel mojado. Debemos insistir en la unión indisoluble entre cultura y agricultura. La cultura de comunidades agrarias como la de Java, que era el caso canario hasta hace unos años, con un máximo aprovechamiento de recursos y una sociedad menos dependiente de los vaivenes del exterior, es una referencia ante la crisis. No debemos limitarnos a copiar tal cual modelos foráneos; sin embargo, ahora nos toca hacer futuro sin borrar las huellas del ayer. La agricultura es parte fundamental en nuestra sociedad, de nuestros valores y de nosotros mismos.

*DOCTOR EN GEOGRAFÍA