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El caso de la huelga general> Por Alfonso González Jerez

Santa Cruz de Tenerife bajo la lluvia. Cada vez que llueve en Santa Cruz me parece que la ciudad se diluye. Se diluye un poco más, quiero decir. Santa Cruz, bajo la lluvia, se vuelve fantasmagórica, falsamente fantasmagórica, porque aquí la población de fantasmas no puede aumentar más. Ya lo sé, son reflexiones impropias de un detective privado, pero antes de pasar por mi despacho en El Monturrio me he comprado un cucurucho de castañas en la Rambla, me he tomado una y he empezado a sudar copiosamente y he tirado las malditas castañas a la papelera, y en ese momento, precisamente, cuando se intensificaba la lluvia, sonó el timbre de la puerta. Me sentí culpable, como si estuviera tocando la castañera, pero al abrir la puerta me encontré a una pareja dispar que me devolvió a la realidad amoral propia del oficio. Un hombre alto en la cincuentena y un pibe más bien bajito que parecía recién fugado de una clase de Pretecnología:

-Buenas tardes. ¿Es usted el detective privado, no? -me dijo el más alto, que llevaba al otro de la mano.
Apenas enarqué las cejas. Les aseguro que no tengo prejuicios, pero nunca había tocado a la puerta de mi despacho una pareja de hombres unidos de la mano y empezaba a sospechar los meandros de un caso tortuoso, mal pagado y culturalmente complejo. Tosí mientras asentía con cierta desconfianza.
-Ah, qué suerte encontrarlo. Soy Juan Jesús Arteaga, secretario general de Comisiones Obreras de Canarias, y este es Gustavo Santana, secretario general de la Unión General de Trabajadores de Canarias.
-Tanto gusto -dijo el jovencito con una sonrisa de hurón encantador.
-Buenas tardes… ¿Y la manita?
-¿Cómo? ¿Qué manita? Ah, sí, perdone… Suéltame la mano, Gustavo…
-No, no, no… La unidad sindical es lo prioritario, Juan Jesús…
-Pero hombre, por cinco minutos…
-Todos los trabajadores canarios nos están mirando…
-Venga, hombre, es apenas un ratito para hablar con este señor…
-No me parece correcto. Tengo que llamar antes a todas las secciones y consultarlo…
-¿Vas a reunir a la ejecutiva ahora?
-No, se los pregunto por el móvil y si se me autoriza…
-Caballeros -interrumpí-. Seguro que están ustedes muy ocupados…
-Que me sueltes, joder… Ya está… ¿Lo ves? No ocurre nada.
El secretario general de UGT en Canarias lanzó un bufido de reprimida indignación. Arteaga se acarició las sienes como un gesto de cansancio civilizado. Luego volvió a sonreír. Tenía la sonrisa de un panadero que nunca te engañará con el peso de la barra del pan.
-Nos hemos dirigido a usted porque necesitamos sus servicios y sabemos que es de izquierdas…
-¿Y de dónde han sacado ustedes esa conclusión?
-Todos los detectives privados son de izquierdas. O abiertamente o implícitamente a través de un discurso y/o una praxis que pone en solfa la propia legitimidad del sistema político y denuncia la carcoma del orden social…
– ¿Cómo? ¿Qué es esa paparruchada?
– No lo sé. Se lo leí en un artículo a Alexis Ravelo y me lo aprendí de memoria. Me parece una reflexión muy progresista.
– Joder. En fin…Disculpe…¿A qué han venido?
-Tenemos una pregunta, una pregunta terrible, una pregunta decisiva, una pregunta que no sabemos responder. Allá va: ¿por qué la gente nos hace cada vez menos caso?
Me los quedé mirando.
-No me parece una pregunta muy práctica para un detective privado.
-Bueno, esa es la reflexión previa. Queremos contratarle para saber si el Gobierno prepara algo contra la próxima huelga general. Algo especial. Algo sobre lo que nos han llegado rumores, pero solo rumores vagos, insustanciales, nada concluyentes. Pero preparan algo, desde luego, y nuestras fuentes y vías de información están cegadas. No hay manera de averiguarlo. Y ahí entra usted. Espero que, tratándose de una cuestión que afecta al interés general de la clase trabajadora, nos haga usted una rebajita en sus emolumentos, por supuesto…
-Así llevan ustedes treinta años, con la cantinela de la moderación salarial, y mire cómo les ha ido…
-Lo sabía -interrumpió con fiereza Gustavo Santana-. Reconozco a un tipo de USO en cuanto lo veo…
-Son 300 euros diarios, gastos aparte…
-¿Usted gasta mucho? -imploró Arteaga.
-Lo suficiente para contribuir a que el capitalismo no se derrumbe pasado mañana…
-El capitalismo es un sistema de dominación criminal. De acuerdo. Pero modérese, por favor.
-Moderado estoy. Ya pueden darse la manita otra vez.
Al día siguiente comencé las indagaciones más elementales. Por supuesto, me disfracé de estudiante socialdemócrata que preparaba una tesis doctoral sobre Las relaciones entre Jerónimo Saavedra y Eduard Bernstein en el África Subsahariana: interacción y propuesta y accedí así a una entrevista con Francisco Hernández Spínola, consejero de Presidencia del Gobierno de Canarias.
-¿Una estratagema del Gobierno de Rajoy contra la huelga general? Ni idea. Pero yo no lo descartaría. Quieren destruir la democracia social en este país. Pero nosotros aguantaremos a pie firme. Somos un Gobierno de inspiración socialdemócrata que no dejará que se destruya el estado de bienestar en las Islas…
-¿Paulino Rivero es socialdemócrata?
-Los días en los que hace footing sí… Le baja el azúcar y hasta habla de su admiración por Felipe González…
Por supuesto, hablé con Soria, pretextando ser un sobrino de la secretaria de Esperanza Aguirre que trabajaba como becario en Libertad Digital y le llevaba el café y las obras completas de Ramiro de Maeztu a Víctor Rodríguez Gago.
-Nozotros no vamoz a hacer nada contra esa malhadada huelga, que tanto daño hará a la imagen de España en el ezterior… Esas fantazías sindicales… Estamos intentando que la lluvia se prolongue hazta el día 14, eso sí, y en La Moncloa, todas las mañanas, se reúnen medio centenar de chamanes, dirigidos por Paco Marhuenda, para que las borrascas no se alejen del país… Pero aparte de eso y del Código Penal…Vivimos en una democracia, mal que le pese a anacronismos vivientes como el socialismo, el comunismo, la socialdemocracia, los sindicatos, los keynesianos, los separatistas, los culés, Javier Bardem…
De veras que me esforcé durante un par de semanas, pero fue inútil. Ateaga y Santana me recibieron desolados en una sidrería frente a la sede sindical de Santa Cruz.
-No hay nada -resumí-. El Gobierno tiene plena confianza en que se hostiarán ustedes solos. Y en el miedo y la resignación.
-¿Y a quien le vamos a echar la culpa? -dijo Arteaga, asustado.
Santana, lentamente, metió las dos manos en el bolsillo.