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Desahucios – Por Luis Alemany

Celebra uno que el Gobierno español se plantee finalmente una contemplación más flexible de la normativa de los desahucios, pero no puede uno por menos de sentir también una angustiosa inquietud por la alarmante circunstancia de que para acceder a esa disposición hayan hecho falta tres suicidios, que se hubiesen evitado si el diálogo se hubiera producido antes de que se llevaran a cabo, y que hubiese conducido al mismo resultado aplazatorio -ya veremos lo que da de sí- pero sin muertos innecesarios, porque todos los muertos violentos -tal vez los otros también- piensa uno que son innecesarios; por más que es cierto que el PPoder exige (al menos implícitamente) que lo presionen -de alguna u otra forma- para hacer concesiones en su rigurosa política restrictiva: se trata de mantener una relación de fuerzas (lo que los franceses llaman rapport des forçes) con el contrincante; aunque tal vez se olvide maniqueamente que ese supuesto contrincante no es otro que la ciudadanía, por la que ese mismo PPoder represivo se supone que debe velar.

En cualquiera de los casos, a uno no puede por menos de resultarle escalofriante que una tímida moratoria bancaria -como ésta- haya costado el precio de tres suicidios, porque (como escribió Jean-Paul Sartre) la vida un hombre -y de una mujer, añado yo- vale más que una catedral, y -en consecuencia- la alegría(?) de esta tregua bancaria no puede compensar la tristeza del precio que se ha tenido que pagar por ella: todos sabemos -o deberíamos saber- que la democracia se forjó con hectolitros de sangre derramada por huelguistas, sindicalistas y activistas políticos; pero uno -en su ingenuidad- creía que aquellas heroicas dádivas habían servido para consolidar unas estructuras políticas que -por lo visto- no están todavía suficientemente consolidadas, y exigen más y más sangre para acceder al diálogo democrático y plural.
No puede uno por menos de pensar que una sociedad que impele a sus ciudadanos a suicidarse por un desahucio no está bien construida, y tal vez deberíamos plantearnos cuál es el desequilibrio entre ese estado del bienestar hipócritamente proclamado como meta, y la represión económica que lo acota paralelamente: ni siquiera se atrevería uno a echarle la culpa a los bancos, porque éstos se limitan a cumplir la desagradable tarea para la que los crearon los políticos: explotar a la ciudadanía.