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Elecciones y desafíos – Por Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca

Las elecciones de hoy en Cataluña vienen marcadas por una hoja de ruta todavía poco clara pero que pretende ser indefectible en su final hasta conducir al Principado al paraíso prometido: su independencia de España. CiU va a ganar cómodamente los comicios -está por ver si con la “mayoría amplia y reforzada” que viene reclamando Artur Mas, manteniendo los 62 escaños actuales o perdiendo alguno de éstos, como apuntan distintas encuestas- y parece decidida a saltarse la legalidad que emana de la Constitución que contribuyó a redactar en el 78 con una de sus cabezas más brillantes, la de Miquel Roca. También se muestra dispuesta a partir en dos la rica multiculturalidad de una sociedad heterogénea y dinámica en aras de una indefinida “transición nacional” que incluye un referéndum para la independencia convocado desde la Generalitat, con el visto bueno previo del Parlament.

Digo Generalitat porque el presidente Rajoy ya ha aclarado que la Constitución prohíbe expresamente la convocatoria de una consulta, tal y como Mas la concibe, por parte del Gobierno de la nación española. Por si existieran dudas, el presidente del Tribunal Constitucional, Pascual Sala, tuvo que salir a recordarlo. Ni siquiera una Hacienda propia es hoy legalmente posible en ninguna comunidad autónoma, incluida la canaria. Como no lo es el archiconocido pacto fiscal o el concierto económico del País Vasco y Navarra que en su lugar pretendía CiU y que hubo de rechazar sin ambages Rajoy cuando se lo planteó el molt honorable president en su visita a La Moncloa de septiembre pasado.

Las incógnitas de la situación

Las relaciones entre los dirigentes políticos catalanes y del conjunto de España han llegado a un punto tal -y el resultado electoral puede dificultarlo más si se da un triunfo aplastante del nacionalismo soberanista- que parece inevitable el choque de trenes. O se establece un diálogo leal, sujeto a las reglas de juego de la legalidad constitucional, o el país puede entrar en una situación de emergencia verdaderamente inquietante. La cuestión catalana preocupa, y mucho, en las cancillerías europeas, por su incidencia en la estabilidad de un euro desde hace tiempo en crisis y debilitado, y por el efecto contagio que puede suscitar en varios países -Reino Unido, Francia, Italia y Bélgica principalmente-, en los que los movimientos separatistas tienen cierto asentamiento.

¿Cómo es posible que las relaciones entre Cataluña y el resto de España se han enquistado tanto? ¿Qué ha pasado para que, tras cinco siglos de vida en común -bien que ayudada por la tópica conllevanza orteguiana-, se quieran romper ahora los lazos compartidos desde la historia y la cultura, especialmente reafirmados tras la reinstauración de la democracia y su larga etapa de libertad y progreso? ¿Ha sido el cainismo nacionalista el culpable único de los desencuentros institucionales y el descontento catalán de los últimos años? ¿Hasta qué punto una historia catalana inventada y una caricaturización de la España de las Autonomías han determinado la deriva rupturista? ¿Han banalizado los gobiernos de España los legítimos sentimientos identitarios catalanes hasta llevarlos a extremos antes inimaginables, incluyendo la exhibición de músculo patriótico en la Diada septembrina?

Sólo el fracaso clamoroso de Mas podría detener, y sospecho que momentáneamente, las intenciones de los retronacionalistas. Faltan políticos de altura para afrontar el desafío del ambiguo secesionismo catalán; ambiguo porque en el programa electoral de CiU no se menciona la palabra independencia. Se utilizan eufemismos al uso: derecho a decidir, soberanía, Estado propio, autodeterminación. Justamente lo que no prevé la Constitución española, como tampoco ningún otro texto de rango similar de ningún país. En todo caso, lo inteligente es actuar desde las instancias gubernamentales, pero también desde la oposición, con máxima prudencia y responsabilidad. Tengo entendido que Rajoy y Rubalcaba han mantenido algunos contactos privados sobre la cuestión catalana. No sé hasta dónde han coincidido en sus intercambios de ideas y proyectos, pero considero de vital importancia que PP y PSOE lleguen a puntos de encuentro que, con líneas rojas bien determinadas, procuren reconducir la actual y preocupante situación política de enquistamiento entre la dirigencia catalana y la del Estado.

Gestión ‘versus’ soberanismo

La crisis económica que vive España ha sido un factor de evidente influencia en el actual estado de cosas. Sin negar la correcta política de recortes y ajustes iniciada por CiU, la falta de recursos económicos es fácil achacársela, como así ha ocurrido, al ‘Estado opresor’ y depredador. Como sucede con los nacionalismos exacerbados, es mejor buscar la víctima propiciatoria que realizar un examen de conciencia sobre la gestión de los últimos gobiernos de la Generalitat, con sus despilfarros escandalosos, sus corrupciones incesantes y su falta de visión de futuro. Así se ha llegado, por resumir, al impago generalizado de nóminas y proveedores, al cierre de hospitales, a 45.000 millones de deuda y a 850.000 parados. Por eso tuvo que acudir Mas, deprisa y corriendo, el denostado Gobierno de España para que echara una mano, fuera de presupuesto, con más de 8.000 millones de euros para evitar la debacle. Esta mala gestión, este desastre gubernamental sin paliativos, es lo que Mas, y con él CiU, ha logrado que no se debata en la campaña de las adelantadas elecciones de hoy. Prefirió envolverse en la bandera plebiscitaria y convertirse en una especie de Moisés salvador que conduzca a su pueblo a la tierra prometida de la independencia. No dice ni cómo ni a qué precio, no habla de traumas sociales ni de separaciones; todo lo deja al albur de los acontecimientos. Ni siquiera ha comentado las señales adversas que le han enviado reiteradamente los portavoces de la Unión Europea. El viejo continente no está para aventurerismos insensatos. En caso de independencia, Cataluña quedaría fuera de la Unión. Tendría que crear fronteras, aduanas, moneda, diplomacia, ejército. Y esperar años para luego negociar a ver qué pasaba, con la amenaza de veto permanente sobre la cabeza de todos los catalanes. Pero como si tal cosa. Todas estas consideraciones, y muchos otras más -la crisis económica, la subida de impuestos y tasas, la pérdida de derechos sociales y servicios en sanidad y educación, las deudas, etc.-, no se han abordado durante la campaña electoral. Todo lo ha polarizado la ensoñación independentista, que es lo que quería CiU al convocar los comicios. Pase lo que pase en las urnas, el nacionalismo irredento destrozará a su principal enemigo, el PSC, al que cogió con el pie cambiado en una crisis de identidad y liderazgo que le va a pasar factura -lo mismo que al PSOE-, a juzgar por lo que dicen todas las encuestas. Y reforzará a ERC, con quien, llegado el caso, podrá formar una mayoría hasta alcanzar -veremos lo que dicen hoy los votos- cerca de los dos tercios del Parlamento catalán. También parece que van a crecer PP, Ciudadanos e ICV.

Negociación, diálogo, ley

A CiU no le frenan las opiniones empresariales, ni los balances publicados, donde queda bien claro que una Cataluña independiente sufriría en sus ciudadanos una fortísima pérdida de poder adquisitivo y no estaría en disposición de poder hacer frente, durante muchos años, a sus deudas exteriores; tampoco a las adquiridas con España, y menos aún a las compensaciones que debería recibir el Estado español como titular de bienes e infraestructuras sitos en el Principado. Por no hablar de la posible pérdida de mercados y otras incidencias. Pero se mire como se mire, la negociación y el diálogo deben marcar los pasos para tratar de reconocer no sé si un estatus constitucional especial que impida la secesión o una vuelta al Estado de las Autonomías que lleve a España hacia un federalismo de nuevo cuño, incluso hacia una confederación. El problema son los límites en que se colocan las rayas rojas que no se pueden traspasar, hasta dónde están dispuestos a ceder PP y PSOE porque si es al Gobierno al que corresponde la gestión de la crisis, los socialistas no pueden hacerse los sordos y abstenerse en una cuestión que afecta a la supervivencia misma del Estado que ellos habrán de gobernar cuando decidan los ciudadanos, lo mismo que han hecho en el pasado reciente. ¿Y si los políticos que dirigen el cotarro catalán quieren, al modo ambiguo pero diferenciador que pedía el humorista Yvon Deschaps para Quebec, una Cataluña independiente en el interior de una España fuerte y unida, sin romper amarras del todo? Hay que intentar lo imposible, partiendo de la conveniencia de encontrar una salida política y de mantener la unidad nacional por encima de todo antes que refrendar la ruptura.