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Elogio de la violencia – Por Jorge Bethencourt

Nos hacemos preguntas desesperadas que a veces no tienen respuesta. Suele ser que ponemos la vela a Santa Bárbara después de que se hayan apagado los ecos de los últimos truenos. La macrofiesta de Halloween en Madrid dejó un saldo trágico cuando unos petardos desataron el pánico y miles de personas actuaron movidas por el deseo de escapar de unos supuestos disparos. Sobre la pesadumbre de unas jóvenes muertas en la flor de la vida empiezan los interrogantes acerca de la seguridad y la prevención… Pero ¿qué seguridad puede existir en una concentración de diez mil personas? ¿qué controles se puede establecer en quienes han ido a colocarse a toda costa?

Odio las multitudes porque el comportamiento de las masas es perfectamente predecible: en condiciones de pánico, no piensa. ¿Qué hizo pensar a unos chicos que el ruido de unos petardos eran disparos? Tal vez el último telediario donde se informaba de una matanza en un instituto de Estados Unidos o en una fiesta juvenil en una isla de la civilizada Europa nórdica. Tal vez la lectura cotidiana de los periódicos donde habitualmente asoman violentos que la han emprendido a tiros con una novia, su familia o cualquiera que pasaba por allí.

Nuestra sociedad procesa la violencia como una pieza esencial de la industria de la información y el ocio. Está desde el principio, en la cultura de los videojuegos donde matar es la manera de avanzar y morir solo una pausa en el juego hasta volver a renacer para seguir matando. Está en las películas más taquilleras donde los buenos exterminan a los malos por docenas y en las cintas de culto donde la sangre es más expresionista. Está en las noticias, en las amenazas de unos países a otros. Está en el lenguaje chulesco de los telepredicadores que sacrifican al becerro de la audiencia todos los corderos de una sintaxis de prudencia.

Existe una propensión por los espectáculos de masas. Y por las fiestas multitudinarias. Algunas están mejor organizadas que otras. Pero si en cualquiera estalla el miedo y se provoca una estampida, no habrá dios que la encauce. Porque todos los sistemas están pensados para la evacuación de manera más o menos ordenada de personas capaces de pensar; algo que se pierde cuando se actúa movido por un miedo cerval.

Seguiremos lamentándonos y buscando soluciones. Más empleados de seguridad. Pasillos más grandes. Puertas más anchas. No está mal. Tal vez un día, que queramos de verdad salvarnos, hagamos más grandes las puertas del cerebro y más anchos los pasillos de una educación en la que no enseñemos que solo se salva el que más corre, que solo vence el más fuerte y que solo el más chulo se queda con la chica al final de esa nada que es vivir.