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Entre la risa y la pena> Por Pedro Calvo Hernando

El espectáculo de los medios adictos es memorable, pese a que no ofrecen novedades sobre lo que es su comportamiento habitual en estos casos. Yo es que me parto de risa con esas portadas, con esas tertulias, con esos comentarios. Pero al mismo tiempo me da pena por este pobre país, que se merece mucho más que esa feria de mentiras absolutas, de valoraciones ridículas y de graves ofensas a la inteligencia.

Así es que no sé por dónde tirar, si por la risa o por la pena, lo que supone un dilema endiablado. Pues lo voy a dejar en tirar por los dos caminos al mismo tiempo. Pero es que el Gobierno se lo da servido. Calcular en 35.000 personas los asistentes a esa manifestación gigantesca de Madrid en la tarde-noche de la huelga es una coz a la verdad, al sentido visual y al respeto a los ciudadanos españoles. Fue una de las concentraciones más numerosas que se recuerdan, no digo que hubiera los dos millones que ellos atribuyeron aquella vez a una manifestación contra el aborto o el matrimonio gay, pero a lo mejor sí un millón. Ellos han hablado, como siempre, de fracaso. La huelga general no fue seguida por todos los que hubieran deseado hacerlo, muchos por miedo a las represalias empresariales, muchos porque su precaria economía no les permitía prescindir del salario de un día, o por razones similares. Pero todos acudieron a las manifestaciones en toda España, pues hacerlo era un acto mucho más libre y, por tanto, significativo.

El 14N evidentemente hay que medirlo por las manifestaciones mucho más que por la inasistencia al trabajo, que de todos modos fue multitudinaria. No creo que sea para ellos un acto inteligente hacer las mediciones de otro modo. Pero si quieren engañarse a sí mismos o hacerse trampa en el solitario, por mí como si se tiran de cabeza a un pozo. Estoy seguro de que no se creen sus mentiras ni sus valoraciones pueriles y tragicómicas, pues creo que eso sería impropio de unas cabezas medianamente dotadas para la observación y el análisis. Estoy seguro de que no se lo creen, porque sé que no son tontos de remate, pero tampoco puedo jurarlo.