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Un Ibarreche con barretina – Por Fernando Fernández

Comenzó oficialmente la campaña para las elecciones autonómicas catalanas, aunque el muy honorable Arturo Mas hace ya tiempo que lo está. Realmente, desde el mismo día de la celebración de la Diada del 11 de septiembre, la fiesta nacional de Cataluña, convocada en cierta medida como protesta contra su gobierno y reconvertida hábilmente en una reivindicación independentista y en una manifestación antiespañola. Siempre me resultó llamativo que los catalanes celebren su Diada en una fecha que conmemora su derrota en 1714 y la rendición de Barcelona ante el Duque de Berwick, al mando de las tropas de la nueva dinastía de los Borbones instaurada en España con Felipe V de Anjou. Los independentistas catalanes pretenden así convertir lo que fue una guerra de “sucesión” en una presunta guerra de secesión, que es lo que ahora reclaman, una vez más. Nunca pude entender la celebración de una derrota, elevándola a la categoría de fiesta nacional de Cataluña. Ya se que los independentistas catalanes niegan que en ese día quieran celebrar su derrota, sino la heroicidad de los defensores de la Ciutat, expresión de una pretendida nación catalana previamente existente; pero esa explicación no cambia la realidad histórica. En definitiva, tal vez esa forma de entender las cosas es un ingrediente mas de lo que algunos llaman el seny catalán.

Mucho se ha hablado del seny, de la cordura y del pactismo táctico que siempre caracterizó a los catalanes, pero se habla poco y se conoce menos la rauxa que también caracteriza a veces su comportamiento. Alguna vez he escrito que mientras el seny es un elemento sustancial de su conducta, la rauxa caracterizó algunos de sus comportamientos. Lo que Arturo Mas parece ignorar o no quiere recordar ahora, es que la rauxa, los ataques de arrebato, nunca fueron positivos para la sociedad catalana y casi siempre terminaron mal. En un largo artículo publicado semanas atrás en La Vanguardia, uno de sus columnistas de referencia trató de establecer un paralelismo de Mas con Prat de la Riva y con Francesc Maciá. Pero no dijo que tres años después de que Maciá proclamara unilateralmente la independencia, su sucesor, Lluís Companys, se vio superado por un movimiento insurreccional izquierdista y repitió los mismos pasos dados por Maciá cuando se instauró la Segunda República española. Por fortuna para Mas, España hoy no es la misma de entonces, así que tendrá un futuro distinto al de Companys.

Pero disquisiciones históricas al margen, Arturo Mas se enfrentará a una disyuntiva cuando se cuenten los votos dentro de dos semanas. Qué hacer, tanto si obtiene mayoría absoluta como si no. Ningún gobierno español puede hacer concesión alguna bajo la presión de su órdago independentista. Si, con cualquier excusa, no convoca el referéndum prometido, perderá legitimidad ante sus votantes. Y si lo hace, se encamina a un choque de trenes, de negativas consecuencias para España y, sobre todo, para Cataluña. Envuelto en la senyera para disfrazar una pésima gestión económica, se ha metido en un callejón sin salida por razones que no veo con claridad, salvo que sea cierto, como me dicen algunas fuentes catalanas, que ha sido empujado hacia el abismo por los Pujol Ferrusola, que así allanarían el camino de (Oriol) Pujol, hijo, a la presidencia de la Generalidad. Un choque de trenes en el que nadie gana, pero en el que unos pierden mucho más que otros. Es Mas quien más tiene que perder y podría verse convertido en un Ibarreche con barretina.