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La Iglesia no es un trastero – Por Carmelo J. Pérez Hernández

Deslizarse por la superficie de la realidad, sin dejar huella y sin permitir que ninguna de sus ricas curvas nos cambie por dentro. Cabalgar sobre las olas, condenados a caer al agua en cuanto la inercia de la corriente se rinda al encanto de cualquier orilla. Soñar, imaginar, crear un edificio fatuo de buenas intenciones: alto, alto como el cielo; y frágil, frágil como nuestros suspiros. O todo esto… o experimentar a Dios, dejarse hacer por él. Rotundamente, ésa es la elección que se le plantea al creyente en cada momento. El inicio de un nuevo curso pastoral y la cercanía del Año de la Fe son apropiados momentos para recordarlo. Hablemos en plata: es absolutamente cierto que de lo interno no juzga ni la Iglesia. Por tanto, paso de los cantos de sirena de quienes se parapetan en la cansina excusa de nuestra presunta doble moral para desacreditar a la comunidad creyente. A esta altura de mi vida, me resbalan los enanismos intelectuales. Aclarado esto, siempre hay tiempo para coger el toro por los cuernos y reconocer que, persona por persona, nuestras iglesias están faltas de profundidad, de hondura. Están necesitadas de más experiencia de Dios y sobradas de entretenimientos varios. Entiéndaseme bien. En modo alguno critico la actividad pastoral de ninguna parroquia, movimiento o grupo. Lo que digo es que, más allá de la imagen que proyectamos, en el fondo somos sinceramente conscientes de que precisamente es fondo lo que nos falta. Hondura, raíces fuertes, son buenas palabras para expresarlo. El día a día de la Iglesia está encarrilado hacia ese propósito: despertar en las entrañas de los creyentes y de quienes nos merodean la fuerza inusitada del Jesús-acontecimiento. Sólo el encuentro personal con nuestro Dios, la arrebatadora constancia de su cercanía, el silencio habitado de su presencia nos conduce a esas alturas a las que hemos sido llamados.

Lugares altos desde los que contemplar la vida sin arrastrarla, a sabiendas de que no es un cuento de niños lo que vivimos por dentro. “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. […] Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres”, recuerda hoy Jesús en el evangelio. No es que yo tenga nada en contra de las tradiciones en la Iglesia, pero sí que me ha tocado sufrir, como a muchos, aquello de “Esto siempre lo hemos hecho así”. Sentencias como ésa, la costumbre elevada a categoría de encuentro con Dios, son como un infarto en el desarrollo de un seguidor de Jesús. Si nuestra fe huele a naftalina no es aquella conmovedora invitación que estremeció la tierra una vez y sigue resonando sobre hombres y mujeres de todos los tiempos: “Tú, ven y sígueme”. Estamos llamados a la experiencia, a ser radicalmente nuevos porque nueva es nuestra fe. Estamos convocados a pasar de lavarnos las manos antes de comer, si es preciso, con tal de estar concentrados en la búsqueda del rostro de Dios y en la sanación de los dolores de los hombres. Habrá quien se escandalice, lo ha habido siempre, y habrá quien sucumba a ese escándalo y vuelva a aceptar pulpo como animal de compañía. Pero no es eso lo que Dios quiere. No hagamos rebajas. El ritmo del encuentro y la paz interior lo marcan Dios y cada persona. Como comunidad nos toca ser una invitación permanente, clara, diáfana de lo que cabe esperar. Y no un trastero de recuerdos y retales varios.

@karmelojph