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La inocencia perdida

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REBECA DÍAZ-BERNARDO | Santa Cruz

Siempre he pensado que las mujeres de mi generación somos las que hemos perdido la virginidad a una edad más o menos recomendable -si es que hay una edad recomendada para ello-, pero es que si nos comparamos con nuestras madres, ya no digamos abuelas, que llegaban íntegras al matrimonio con más o menos veinte años que era la media de edad con la que se casaban, o con la generación de las hijas que ahora son adolescentes y muchas ya han dejado sus hímenes atrás, creo que nosotras fuimos más cautas en este tema.

Pero, aparte de la edad, una cosa que me encanta es la variedad y originalidad a la hora de dejar de ser vírgenes en las que éramos muchachitas a finales de los 80 del siglo XX, porque en el caso de nuestras madres y abuelas -vuelvo a lo de antes-, al dejar la manchita en la sábana la noche de bodas, obviamente era precisamente en la cama donde solía suceder su primera vez. Las que vienen pisando fuerte ahora, no sé por qué, me da que lo tienen todo tan a huevo y tan cómodo que tienen toda la pinta de estar dejándose los virgos también en la cama, en la gran mayoría de las veces incluso con el consentimiento paterno o materno, o ambos. Y nosotras no, o al menos me gusta pensar que nosotras fuimos las que buscamos los lugares y momentos más peregrinos.

Mi amiga Teresa, a la que conozco desde los 15 años, fue una de las pioneras y más arriesgadas en su día porque lo hizo por primera vez teniendo 16 años, usando condones ingleses y en una tienda de campaña que le pidió prestada a su hermano mayor y que plantó en medio de un descampado a las afueras de la población donde vivíamos y olé sus cataplines. Marga, otra amiga, harta de no encontrar el momento justo en su propia casa para poder estrenarse, se metió debajo de la cama de los padres de otra amiga -en la casa de la otra por supuesto- y entre pelotillas de polvo y pelos de gato, logró algo parecido a una penetración con orgasmo incluido, según ella, a los 17 años.

Elena lo tuvo más fácil y a la vez más peligroso porque a los 16 se lio con su profesor de dibujo, de 29 a la sazón. Como él vivía solo, le dejó la manchita en las sábanas y durante un año y pico aprendió todo lo que pudo hasta que, un buen día, la madre de ella se enteró y la metió en un avión para mandarla a estudiar fuera. Hoy día a ese profe le hubiera caído la del pulpo, eso por descontado, pero como dice Elena, es que estaban muy enamorados…

Natalia lo hizo con su novio de toda la vida, a los 17 años y en la parte de atrás del coche, en las Cañadas del Teide, una noche de verano de luna llena.

Elvira y su novio, en cambio, se fueron ese mismo verano a Las Teresitas en una época en que si ibas cualquier sábado a eso de las diez de la noche tenías que dar veinte vueltas para poder coger sitio de tanta afluencia que había.

Y Carmen, harta de que todas presumieran de condones en el bolso y de anécdotas que hoy día las recordamos y nos ponemos coloradas (pero más bien de lo exageradas y mentirosonas que éramos), casi a los 18 años se alquiló un apartamento en el Sur, dijo en casa que se iba con todas nosotras, y se pasó tres días y dos noches recuperando el tiempo perdido para luego tirarse toda la semana sin poder casi sentarse en clase en el instituto porque, decía, su novio tenía un bit bastante grande y que -entre lo que les costó empezar y el gusto que le cogieron después una vez entrados en materia- estaba rozada hasta en el alma.

Servidora es que fue muy pava; aún recuerdo una vez en clase de Ética en que nos preguntaron qué edad creíamos nosotros que era la adecuada para dejar de ser virgen y yo ni corta ni perezosa dije que los 21 estaban bien.

Por supuesto que se rieron de mí hasta las lágrimas, pero es que yo en mi primer año de instituto todavía quería jugar al elástico y esas cosas y veía lo del sexo como algo muy lejano de mis 15 años.

En mi pequeño mundo no había cabida para ello porque estaba muy ocupada empezando a salir del cascarón del colegio donde me había educado y teniendo que ir caminando de casa al insti y vuelta, y los recreos con bares cercanos a los que acudir y gente nueva a la que conocer incluidos profesores, uno para cada asignatura, después de haber tenido los mismos rotándose cada año durante toda la EGB.

El sexo era algo para mayores y supongo que en mi mente pro americana llegué a pensar que los 21 eran la edad perfecta para todo. Ver para creer, ¿verdad?