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Juan Carlos Alfaro> Por Luis Ortega

Todo lo que rodea el escandaloso suceso de El Salobral, una pedanía de Albacete de apenas mil habitantes, es sórdido y triste. Desde el marco legal (nuestro reformado Código Penal permite las relaciones sexuales, siempre que sean consentidas, entre un menor de 13 años y un adulto) hasta que un individuo pueda almacenar, al amparo del permiso de caza, un auténtico y variado arsenal en su casa, con el que perpetró un doble crimen y, de rebote, causó heridas a una tercera persona.

La novelesca persecución, su escondite en un lugar fácil y céntrico, las frustradas conversaciones entre las fuerzas del orden, la familia y el asesino entran en el terreno novelesco, y el suicidio final en el epílogo más común de los crímenes de género. Los malos amores de Juan Carlos Alfaro (1978-2012) con Almudena comenzaron hace dos años, cuando esta tenía 11 años, sin que nadie -pese al cruce de denuncias entre las dos familias y la evidencia para todos los vecinos- hiciera nada por evitarlo; la negativa de la niña a continuar la relación fue la causa de su muerte y la de un vecino, ajeno al asunto, de cuarenta años y llamado Agustín, que pasaba por allí. Antes, durante y después, todas las incidencias, que remarcaron con tinta negra al pueblecito manchego, nos meten de lleno en la España negra, con episodios bárbaros como los de Los Galindos y Puerto Urraco, por no abundar en ejemplos.

Por unas horas, nos distrajeron con su horror de las penas de cada día; el duelo desgarrado de la familia de la pequeña, aún en edad de juegos, su denuncia y, al parecer, la falta de atención de las autoridades; las exculpaciones de la madre del homicida, comprensibles pero inútiles; el silencio que se cierne sobre esta pequeña comunidad que, aún muerto, teme a El Fráguel, componen un aguafuerte donde solo quedó una luz de esperanza, el asesino era donante y sus órganos, como una indirecta y leve compensación, servirán para salvar alguna vida o aliviar algún mal. Para remachar esta tragedia, un colofón vergonzoso: las palabras de una locutora matinal sobre el riesgo de que el alma del asesino se transmitiera a los enfermos que esperan por cualquier órgano que asegure o mejore sus vidas. La burrada recorrió las redes sociales como la pólvora y, entre palos y chanzas a alguien se le ocurrió que la inculta comunicadora -que exculpó al medio que le paga pero siguió erre con erre con su peregrina teoría- volvió al tiempo de los romanos que localizaban el alma en los riñones, entonces una teoría curiosa dentro del razonable acervo cultural de este pueblo y una patochada sostenida en 2012 desde una influyente tribuna.