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Las manifestaciones son siempre minoritarias> Por Alfonso González Jerez

Final de la exitosa manifestación del pasado miércoles en Santa Cruz de Tenerife. Sí, como era previsible, la manifestación ha tenido más éxito que la convocatoria de huelga general, que en el mejor de los casos no superó el muy discreto nivel de participación de la celebrada el pasado marzo. Miles de personas recorren pacíficamente las calles chicharreras protestando contra la estúpida y a la vez canallesca política económica y laboral del Gobierno de Mariano Rajoy. Conviven en la marcha banderas y pancartas de partidos políticos y sindicatos (del PSOE a la CNT), plataformas, comités y grupos variopintos, corrillos de amigos y familias enteras. Al término de la manifestación, como es habitual, existe cierta expectación entre los presentes acerca de las intervenciones. Y las hay. Una señora, con la bandera de las siete estrellas verdes en la mano, toma la palabra para proclamar que toda esta pesadilla terminará cuando Canarias sea un Estado independiente, independiente de qué, no considera pertinente aclararlo. Muy cerca los anarquistas agitan sus banderas rojinegras y uno de ellos, asombrosamente encapuchado, intenta contar algo por un altavoz antidiluviano, pero no se le puede oír. Con cierta precipitación toman la palabra representantes de la Unión General de Trabajadores y de Comisiones Obreras, que evalúan la huelga como un “gran éxito” e interpretan más o menos el manifiesto preparado al efecto, pero no se resisten a criticar con cierta dureza a la dama independentista, lo que provoca algún que otro abucheo entre las filas del sindicalismo nacionalista. Varios manifestantes, con pegatinas de Izquierda Unida, lanzan vivas a la clase obrera, sea lo que sea la clase obrera. En realidad la irritación fue fugaz y no se produjo ni siquiera un conato de enfrentamiento. Pero la escena tiene su interés.

El problema de la oposición política y cívica al Gobierno del PP -y así ocurre en otros países en los que también se convocó huelga general el pasado miércoles- es que se trata básicamente de una coalición negativa: partidos, sindicatos, plataformas y ciudadanos expresan su rechazo a las políticas gubernamentales y defienden grosso modo los derechos constitucionales y el estado de bienestar. Las coaliciones negativas pueden obtener resultados tangibles y más o menos inmediatos si su objetivo es muy concreto y depende de una acción política o administrativa: así ocurrió, por ejemplo, en la que se concentró en la multitudinaria manifestación contra el trazado eléctrico por el Sur de Tenerife en el año 2002. En cambio, cuando se trata de impugnar la acción política de un Gobierno en una coyuntura de crisis socioeconómica particularmente grave -y compleja- las coaliciones negativas tienen o pueden tener una gran fuerza expresiva, pero su contenido propositivo es vago, confuso y al cabo estéril.

Los dirigentes políticos y sindicales más lúcidos o menos enjaulados en la complacencia conocen una modesta verdad: las manifestaciones siempre son minoritarias. Siempre son más los que no se manifiestan que los que se manifiestan y si un día ocurre lo contrario, no estás ante una manifestación, sino ante una revuelta. Por eso es tan importante que exista un consenso básico sobre un programa político de mínimos. Las manifestaciones no solo tienen su fuerza en la gente que consiguen concentrar en un espacio y tiempo concretos, sino en la calidad y claridad de la agenda política que las impulsa y justifica. Y las izquierdas, en España, desde la maniatada socialdemocracia del PSOE hasta los partidos comunistas a la izquierda de IU, carecen de un programa político: un diagnóstico claro y lo suficientemente compartido, unas propuestas que sepan conservar derechos e instituciones, pero que sean, simplemente, verosímiles y realizables. Y por el momento no se aprecia nada similar a eso. Lo que está a la vista es un resistencialismo montaraz – volvamos a la legislación laboral anterior, por ejemplo – o un revolucionarismo redentorista que merece tanto respeto político e intelectual ahora como hace diez años – no se paga la deuda pública y ya está-. O una entusiasta e incoherente mezcla de ambos, como puede apreciarse en los documentos y propuestas que se debatirán en la inminente asamblea general de Izquierda Unida.

Ni siquiera una situación tan espeluznante como la actual sirve para galvanizar la unificación en una estrategia común de las izquierdas en Canarias. No merece la pena hablar del PSOE, actualmente socio minoritario en el Gobierno autonómico, que se ha encerrado en sí mismo y ha tirado las llaves por el desagüe de los presupuestos generales de la Comunidad. Ahora más que nunca José Miguel Pérez parece el serio y riguroso taxidermista de su propio partido. La coalición político-lectoral entre Izquierda Unida y Socialistas por Tenerife está irremisiblemente rota. Alternativa Sí se puede ha celebrado su tercer congreso este fin de semana y en las redes sociales pueden encontrarse burlas, descalificaciones y menosprecios de diminutas organizaciones políticas de la izquierda tinerfeña hacia los ecosocialistas por mancharse las manos haciendo política en las instituciones. Ciertamente el establishment político ha perdido credibilidad democrática hasta el punto de avizorarse una crisis de legitimación del sistema institucional. El escepticismo hacia los grandes partidos parlamentarios no deja de crecer y alimentarse con el malestar, la indignación y la furia de los ciudadanos. Pero el descrédito de las organizaciones políticas mayoritarias no basta para que las opciones de la izquierda ganen credibilidad, verosimilitud, fuerza organizativa y apoyo popular. Es descorazonador (aunque no deja de ser cómico) que muchos entre sus filas crean que la revolución va a ser televisada entre el Sálvame Deluxe y la lectura del tarot.