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María Montez – Por Luis Ortega

Tuvo una carrera corta y brillante y una leyenda larga que lanza sus destellos con ocasión del centenario de su nacimiento. Protagonizó una veintena de películas -la mayoría en Estados Unidos- y otros tantos apodos y piropos lingüísticos, que podían haber titulado sus filmes, relatos fáciles para lucir -como se dijo de Ava Gardner- “al animal más bello del mundo”. La memoria de María Montez (1912-1951) -la décima hija de un comerciante palmero, Isidoro Gracia García, y de una dominicana- se recuperó en Canarias por los desaparecidos cinéfilos, mitómanos y amigos Terenci Moix y Antonio Pérez Arnay, que publicaron una biografía, La reina del technicolor, donde se reivindicaban en su justa medida las raíces palmeras. En Garafía nació su padre y se organizó una exposición con motivo del centenario. Moix y Arnay también pudieron titular su trabajo, con numerosas ilustraciones, El ciclón del Caribe, La dinamita dominicana, Tormenta Montez o La sirena de Hollywood. En cualquier caso se trataba de resaltar la popularidad de una actriz digna en su trabajo e impresionante por su belleza natural y los elementos de la industria de los sueños. Viajó de Puerto Rico, donde vivía con su familia, y, como cualquier estrella que se precie, rebajó su edad -cinco o seis años- y tras posar como modelo, consiguió un contrato para realizar su primera película -una mediocre serie B, El jefe de Bullion City, dirigida por Ray Taylor -que sólo le reportó el conocimiento de su espectacular hermosura y una espléndida fotogenia, que la hizo más grande en sus silencios-. Su consagración llegó con una serie de aventuras, que incluyeron seis títulos y un galán -Jon Hall- seleccionado tras un exigente casting, María -que eligió el apellido Montez en honor de la legendaria bailarina- trabajó con actores de gran predicamento en la década de los cuarenta, Rod Cameron y Douglas Fairbanks Jr, entre otros. Se casó con el banquero irlandés William McFeeters, con el que convivió antes de dedicarse al cine, y en 1943, con el francés Jean-Pierre Aumont, con el que tuvo una hija -Tina Aumont- y residieron en Suresnes. En ese lugar apareció el 7 de septiembre de 1951 ahogada en la bañera. Desde entonces entró en el brillante ámbito del mito, y sus paisanos puertorriqueños le dedicaron innumerables homenajes, desde premios literarios -porque escribió con soltura relatos autobiográficos y de ficción- a estudios televisivos, líneas de metros y hasta el aeropuerto principal.