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Miguel Arocha – Por Luis Ortega

El arte es una experiencia superior al conocimiento que, mejor que cualquier teoría o elucubración, explica la infinita capacidad del creador para enseñarnos los valores de la luz -la radiación electromagnética que percibe el ojo humano- y lo que llamamos sombra y que es, simplemente, la luz que no ves. Ese es el activo central de Miguel Arocha que, en estas fechas, expone en el Parlamento de Canarias. En el alma de la pintura, la luz -no importa su velocidad- llega siempre después que la oscuridad que apareció antes y la está esperando; que, contra los impostores, es la real expresión del talento, que no es un don celestial sino el empleo sistemático de unas cualidades especiales que concurren en artistas ocupados en profundizar en el misterio, en dar cuerpo a la esencia de las cosas (no repetir su apariencia) y, sobre todo, en no reproducir sino visualizar lo visible. Desde que conocí a este pintor autor lo adscribí a la filosofía que refleja el pensamiento, ante una realidad directa o imaginada, porque, dentro de su envidiable coherencia -no importan técnica ni género- Arocha piensa, traza y reflexiona sobre un tema y, a su término, por una alquímia sorprendente, penetra en el interior de la creación y, desde el exterior neutral, se convierte el mismo en elemento nuclear de la obra. En su madurez, muestra su seguridad en el dibujo y su integración en la lógica autónoma de los colores, que nada tiene que ver con la invención cerebral. Desde su fidelidad temática nos regala las gamas manieristas -que, otrora, hicieron la vida gozosa- y el hallazgo estremecedor del claroscuro, grave y rico en contrastes, que le dieron rango, carácter y temperatura a la cotidianidad. Desde su sabia modestia, escalona las circunstancias que clasifican y temporalizan un estilo o una obra para convertirla en una parte grata de nuestro imaginario, la captura de un instante luminoso irrepetible y, sobre todo, la posición protagonista donde los espectadores – como en un milagro o ingenio glorioso – ocupan el lugar de los retratados. En un momento en el que la crisis desplaza y aplaza cualquier preocupación y actividad del espíritu, el damnificado supremo en los ciclos de cambio, las propuestas de esta calidad plástica, como cualquier iniciativa intelectual, son brotes verdes -estos sí- en el arisco desierto, una pequeña esperanza de que, con todo y pese a todo, recuerda que hay posibilidades para la batalla y necesidad y espacios para la belleza.