a toda máquina>

La misma muerte> Por Román Delgado

Mi clara obsesión por la estética revival me conduce de forma inexorable, reiterativa y enfermiza a hurgar en los libros posados en las estanterías, a penetrar en sus marcas y a deslumbrarme con los regalos poéticos o narrativos que hallo detrás de muescas, colores y subrayados. Soy un desastre, pero hay desastres en los que uno, tarde o temprano, siempre abraza la recompensa: no siempre para reír, no siempre para emocionarse, no siempre para llorar. Hay de todo. Ayer, mientras la lluvia sonaba con dulzura y manso goteo en la calle sucia de atrás, miré a la derecha de mi mesa y, en un mueble que ya tiene sus años, me reencontré con tres lindos libros agolpados que me miraban de lomo. Uno de ellos, de Philippe Claudel, novelista y también cineasta francés, me lo traje a la mesa y lo abrí por la huella humana que más se dejaba ver, por la marca más mandona. Fuera la lluvia no paraba de traquetear y dentro el ambiente aparentaba oscuro terror.

El sonido de los teclados era menos ruidoso y se mezclaba en la atmósfera con el olor a polvo sahariano. Al lado del que escribe, con color tierra amarilla en la cubierta, un inmejorable regalo: El informe de Brodeck. Tocar, hojear, palpar y moverme entre letras y párrafos de Claudel me hizo olvidar el viento ruin y el agua bendita de estos días, y me llevó, sin opción a la queja ni a parada intermedia, a la página 109 de la novela, directo al tesoro: “(…) Seguramente [él] no sabía que cuando se abandona el infierno nunca se vuelve la vista atrás. Pero, en el fondo, morir por ignorancia o morir bajo miles de pisadas de hombres que han recuperado la libertad viene a ser lo mismo. Cierras los ojos y luego no hay nada. La muerte no es exigente. No pide héroes ni esclavos. Se come lo que le dan”.

@gromandelgadog