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Niños – Leopoldo Fernández

Me ha llegado al alma el reportaje que ayer mismo publicaba este periódico sobre los niños entregados temporalmente en guarda por sus padres, al no poder atenderlos por faltas de medios. En muchos casos debido a la crisis, al desempleo o al desahucio y en otros a circunstancias sobrevenidas -divorcios, enfermedades, pobreza extrema, etcétera-, 237 pequeños de todas las Islas han pasado a depender del Gobierno autonómico o han sido acogidos por diferentes familias, en un insuperable ejercicio de solidaridad, a lo largo de los últimos tres años. Imagino el dolor y el desgarro que sentirán esos padres que se ven obligados a poner en manos de terceros la guarda y custodia de sus hijos en tanto superan una situación personal o profesional adversa. Seguro que lo que desean es la felicidad de sus pequeños, no causarles pesares ni desdichas sabiendo que quienes son capaces de socorrerles y ayudarles con un gesto tan fraterno les devuelven, hasta donde es posible en estos casos, el aliento, el consuelo y la esperanza. Pese a que el Gobierno, desde sus responsabilidades institucionales, especialmente con el Programa de Acogimiento Familiar; las ONG especializadas en la atención a la infancia, con sus apoyos sociales y económicos, y unas cuantas familias canarias, que viven para otros y son felices en su entrega a los demás, se necesita un esfuerzo mayor por parte de todos. “En la caridad nunca existe el exceso”, decía Bacon, y en tal sentido sería bueno que, desde todas las instancias -políticas, sociales y económicas- acudamos con mayor presteza en ayuda de los menores desvalidos. Y que la sociedad siga apostando por el acogimiento familiar, que es donde los niños pueden encontrar el entorno más apropiado para el desarrollo de la personalidad en los primeros años de su vida. El dato ofrecido por la presidenta de Unicef en Canarias resulta estremecedor: el 38% de los niños de nuestra comunidad autónoma roza el umbral de la pobreza. Pero si miramos allende las Islas, la situación se presenta mucho más dramática: uno de cada cuatro niños y niñas vive en condiciones de extrema pobreza, en familias con ingresos menores a un euro diario y uno de cada 12 muere antes de cumplir los cinco años. Ciento veinte millones de pequeños en edad escolar no asisten a la escuela, 15 millones han perdido a sus padres a causa del sida, trescientos mil son obligados a servir como soldados y casi dos millones más están sometidos a explotación sexual… En estas circunstancias, hablar de derechos y protección de los niños parece pura entelequia. Por eso resulta tan urgente hacer el bien allá donde se pueda, empezando por la propia casa y la del vecino.