DESPUÉS DEL PARÉNTESIS > Domingo-Luis Hernández

Obama – Domingo-Luis Hernández

No hace muchos días, en una zona precisa del sur de EE.UU., me vi sorprendido por lo que jamás se me ocurrió pudiera ser mérito de la razón: un amigo republicano me comentó que Obama era comunista. Creí (antes de esa revelación) que tal cosa solo era posible escucharla por la desgracia del exilio a que ha reducido un régimen a muchos de sus ciudadanos, es decir, creí que semejante crédito sólo era posible en boca de un cubano, y no en la de uno de los más excelsos cirujanos cardíacos de EE.UU. Luego, me percaté de que la cuestión no era de entendimiento o, incluso, de ideología; era cuestión de modelo.

En esa experiencia norteamericana viví el grueso de la campaña electoral pasada. Me sorprendió la baja forma de Obama, lo atribulado que estuvo en el primer debate de la TV. Supuse que era un ardite premeditado, para que el otro se confiara y luego machacarlo como un ajo en el mortero en los dos debates siguientes. No fue del todo así.

¿Qué ocurría, entonces? Ocurría una cosa sorprendente, que aquí no se calibra muy bien: Obama sabía, y por el saber actuaba. Recordé lo que me dijo hacía tiempo otro amigo norteamericano: “En Europa se gana desde el primer minuto. He visto equipos de fútbol ser campeones de liga en los partidos de pretemporada. En USA se gana cuando termina el partido”. Obama sabía, y sabía que Mitt Romney exponía un modelo contrario, a la par impuesto por el Tea Party: palabras sin contenido, guardar el programa y silencio sobre las verdaderas intenciones. Obama es claro y lo ratificó en el vibrante discurso de ganador. Queda el futuro, que es dialéctica y confirmación.

En el sojuzgamiento de la realidad política de la nación más poderosa del mundo, el modelo de Obama implica un estado activo frente a la crisis, hacer creíbles los registros de las clases medias, su papel en el crecimiento de un país, en la universalización de servicios, en la legislación sobre los derechos civiles, en el multiculturalismo, la concordia étnica… Frente a esos postulados, Romney (y lo que representa) basa su ardor en la inalienable desproporción del triunfo particular y en la idea de una sociedad homogénea en el poder, una potestad en la que los negros no deciden y los hispanos han de continuar en el margen.

Por eso Obama montó su estrategia en percutir su triunfo en los Estados decisivos. Para Romney el voto retrógrada (rural, blanco y viejo). Él debía hacer operativos los votos de los jóvenes, las mujeres y los de siete de cada 10 hispanos y negros. Lo logró, incluso haciendo que los puertorriqueños compensaran el empuje reaccionario en las urnas de los cubanos.

De lo cual se obtiene una lección que acaso en Europa, andado el tiempo, asimismo sea operativa: la madurez política de una nación descubre que los subterfugios y evasivas no enmascaran; la fundamentalista radicalidad de los supuestos bienpensantes y salvadores de la patria muestra intereses precisos que nunca comparten: bienes para el sector financiero y merma de las medidas de alivio cuantitativo, sanidad, derechos de las minorías… Barack Hussein Obama tiene el mérito de ser el primer presidente negro de EE.UU. A las puertas espera otro, tan radical como el primero: cambiar el modelo de acción política del país que encarna la sustancia misma del capitalismo.