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País – Cristina García Maffiotte

Tenemos un país en el que un nutrido grupo de diputados (por no hablar de los miles de concejales de este país con móvil municipal) pierden o les roban los iPad que les regalamos (no se los prestamos, oiga, se los regalamos) y le damos otros sin preguntarles, siquiera, si han buscado bien (no sé, en el cuarto de los niños, en el cesto de la lavadora o en el bolso de sus señoras) o si han puesto una denuncia. No, nada de eso. Confiamos en su buena fe y les reponemos el aparato porque entendemos que así pueden hacer mejor su trabajo, estar más cerca de los ciudadanos, conocer la realidad que deben mejorar desde sus escaños.

Porque somos un país de confiados (a pesar de que, por lo visto, hay una red delictiva organizada que roba iPads en los aledaños de la Carrera de San Jerónimo) y de buena gente.

Tan buena gente que volvemos a elegir para sus puestos a representantes que acumulan imputaciones o que respetamos a la justicia aunque cometa injusticias a sabiendas, como reconocen muchos jueces y magistrados, con el tema de los desahucios.

Tan confiados que durante siete años esperamos a que el Tribunal Constitucional dejara clara la validez del matrimonio homosexual y nunca nos preguntamos cómo puede tardar siete años en señalar semejante obviedad.

Un país en el que un alcalde es condenado y no deja su cargo porque él, en su infinita sabiduría solo comparable con la dureza de su jeta, interpreta que no es necesario y le dejamos hacer, porque confiamos en la justicia, por mucho que nos preguntemos para qué coño está la Guardia Civil que no entra en ese ayuntamiento y, en cumplimiento de una sentencia, lo saca a rastras de su despacho.

Un país de buena gente a la que se le dijo una cosa en campaña electoral y otra muy distinta tres meses más tarde. Buena gente que ha asumido, con resignación, como parte del canon a pagar para salir de esta, recortes salariales y de derechos laborales tanto en la empresa privada como en la pública. Y lo ha hecho mientras a su alrededor quienes nos deben sacar de esta siguen sin cortarse y sin recortarse; ni en las formas, ni en el gasto.

Un país al que se le ha repetido, desde 2009, que de esta crisis se sale en cinco años, y aunque esos cinco años nunca terminen de pasar nos ilusionamos poniéndole fecha de caducidad a esta eterna hecatombe. Un país en el que nos preguntamos, unos a otros, si el miércoles vamos a ir a la huelga; como si hubiera otra opción. Como si no fuera absolutamente necesario mostrar, y demostrar, paralizando este país que puede que seamos confiados y buenas personas pero lo que no somos es imbéciles. Que no es lo mismo. Aunque algunos nos traten como tales.