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Paro en Alemania> Por Juan Manuel Bethencourt

Leí en la prensa y en las redes sociales algunos comentarios de regocijo al amparo de los últimos datos de desempleo en Alemania. Pues será porque los nuestros, ciertamente, hacen llorar si entramos en mínimas comparaciones. Pero más allá de ello, de esos 16.000 nuevos desocupados en septiembre pasado, del dato del 6,5% de paro anunciado por la mediática ministra Ursula von der Leyen (obviamente, no se contabiliza el subempleo en toda regla que son los minijobs de 400 euros al mes, con siete millones de alemanes en esta situación), resulta obvio que el principal peligro de la economía alemana es la parálisis por ausencia de compradores al otro lado del mostrador. Dicho esto, hay cosas de las que desde España (y Canarias) no podemos culpar a un aliado estratégico como ha sido y es la República Federal: la principal, que nuestra tóxica burbuja inmobiliaria la concebimos solitos, aunque sus bancos la financiaron en busca del dinero caliente que no encontraban en casa, cuando Alemania estaba digiriendo su propia recesión.

Ese dinero es el que aparece ahora en gruesos titulares de la prensa germana como el dispendio que sus contribuyentes hacen para pagar la resaca de los españoles, lo cual tampoco es exactamente cierto, pues los 100.000 millones de euros (virtuales, aún no han puesto ninguno) van a pagar los compromisos de la banca española respecto a la alemana en este bucle mortal que empobrece por encima de todo a los ciudadanos. Alemania es un país modélico en muchos aspectos que nos ha servido de modelo en lo político (su Constitución federal) y al que queremos parecernos en lo económico, aunque no sea posible porque la competitividad española se ha basado en los costes laborales, que ya están bajo mínimos, y no en la innovación productiva. Hay algo que estamos obligados a entender: no podemos ser Alemania a corto plazo y la respuesta tampoco es convertirnos en China pero con menos gente, porque la ropa prestada a los países nunca les sienta bien. España tiene que encontrar su propio modelo anticrisis, que no es la dieta estricta que Angela Merkel le impone al débil Mariano Rajoy. Y Alemania tiene que elegir si quiere o no liderar Europa asumiendo los costes y obteniendo las ganancias de actuar con grandeza. “La República Federal Alemana, tan grande y tan eficiente, necesita, ¡también para protegerse de nosotros mismos!, la inclusión en la integración europea”, ha dicho el viejo sabio Helmut Schmidt. Amén.

@JMBethencourt