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Profanadores

profanadores de tumbas
La profanación fue una práctica habitual en la Inglaterra del XVIII. | DA

Por Juanca Romero Hasmen

Una de las imágenes icónicas dentro del mundo de los enigmas, del interés por lo oculto y misterioso es, sin duda alguna, la de un cementerio. El escenario de un buen número de nichos y lápidas, a ser posible en mal estado de conservación, la niebla a ras de suelo y la noche apoderándose de los blancos muros, hacen buena cualquier historia firmada por Stephen King o por Óscar Wilde. Y si resulta inquietante este lugar, mucho más lo son aquellas personas que amparadas en las sombras de la oscuridad se pasean por sus estrechos pasillos rodeados de cipreses con la intención de acercarse hasta una de las lápidas y a golpe de martillo y palanca, abrir el depósito funerario y hacerse con parte o todo el contenido de su interior.

Desde tiempos pretéritos han existido los profanadores de cementerios, individuos que movidos por diferentes motivos, saltan los muros y usurpan aquello que evidentemente no les pertenece. ¿Qué es una profanación? Si atendemos al significado que recoge la Real Academia de Española, encontramos que un profanador es aquel que trata una cosa sagrada sin el debido respeto. Deslucir, desdorar, deshonrar, prostituir, hacer uso indigno de cosas respetables. Siendo más directos en la intención de este artículo, podemos señalar que un profanador de tumbas es aquella persona que traspasa los muros del cementerio con clara intención de manipular, romper o robar, parte del material que se encuentra en su interior, cosas tales como lápidas, nichos, cruces, y otras señas identificativas de la fe. El acto de profanación no siempre culmina con la expoliación de los restos humanos que se encuentran en el interior de estos enterramientos, pudiendo en muchas ocasiones quedar en un cúmulo de destrozos o sustracción del material que conforma el nicho. Lo que me ha dado pie para escribir estas líneas ha sido el caso de un vecino del municipio de Güímar, en Tenerife, al que un individuo le ha colocado en la puerta de su casa una gran cruz de piedra y parte de la lápida, tras haberla sustraído del cementerio municipal de la localidad. Fermín Rosa Prieto, vecino de Güímar, quedó sorprendido hace unos días cuando al salir de su casa se topó de frente con una gran cruz de piedra adosada a su base en la que aparece la siguiente inscripción: “Domingo Rodríguez García”, fallecido el 3 de septiembre de 1950 a los 29 años. D.E.P.”. Junto a la siniestra estampa de la cruz en la puerta de su casa, unas velas encendidas.

Hablando con Fermín sobre quién pudo haber colocado esos objetos en su propiedad, apunta a un vecino concreto que, por disputas sobre unas lindes, lleva más de dos décadas haciéndole la vida imposible, aunque en esta ocasión parece a las claras que el individuo señalado, y siempre bajo la presunción de inocencia, ha incurrido en clara amenaza. Al margen de la correspondiente denuncia interpuesta en la policía local, lo que resulta llamativo es la facilidad que hay para entrar en un espacio municipal como es el cementerio y que una o varias personas puedan sustraer de su interior aquello que consideren oportuno. Sorprende ver cómo la corporación municipal ejerce grandes prácticas de pasividad ante un hecho como éste. Fue a través del programa radiofónico Exprime Canarias, que se emite en Radio Arena de Los Realejos, donde se hizo la denuncia pública de este caso, y desde él se alertó al concejal correspondiente sobre la facilidad con la que se expolia el camposanto de su localidad. Un apunte más sobre este hecho; lo ocurrido a este buen hombre de Güímar responde a un presunto conflicto entre vecinos, y no hay que hacer otro tipo de lecturas próximas al plano esotérico. Hay quien ya se ha apuntado a la posibilidad de que se trate de prácticas de brujería, santería u otros rituales. ¡Nada más lejos de la realidad! Aquí, simplemente existe el resultado de una mente enferma, las claras intenciones de algún perturbado por asustar a un vecino. Las lecturas paralelas de este hecho solamente sirven para inquietar aún más a los protagonistas y no ayudan en nada a la transparencia informativa. Ese tipo de reality quizá esté más indicado para un programa de esos 806 y similares.

Muchos son y han sido los motivos por los que una persona asalta un cementerio. Hubo una época en la que la figura de los resurreccionistas cobró especial protagonismo; personas que se introducían en los cementerios, pala en mano y dispuestos a extraer del ataúd el cuerpo que lo ocupaba. Era una forma de ganarse la vida, llevando clandestinamente los cadáveres hasta el laboratorio de alguna facultad de medicina o comprador particular que lo sometía a la experimentación. Fue una práctica muy extendida, especialmente en Inglaterra, hasta tal punto, que llegó a desarrollarse un amplio abanico de ingenios para evitar de algún modo la sustracción del cuerpo difunto. Fue en esa época cuando aparece la figura del cuidador de cementerios, que no sin miedo, recorría durante toda la noche los pasillos del recinto con clara intención intimidatoria ante posibles profanadores.

También se dio el caso de familias completas que velaban la tumba haciendo turnos de vigilancia, al menos durante las primeras semanas hasta que el cuerpo comenzara a descomponerse y quedara inservible para la ciencia. Además, hay que sumar el enorme pánico que existía ante la posibilidad de ser enterrado con vida; casos en los que se colocaba campanillas por fuera del nicho y comunicadas a través de hilos colocados en los dedos del cuerpo difunto, para que en caso de que llegase a moverse después de enterrado, sonaran las campanillas y pudiese ser rescatado. ¿Le suena la expresión “salvado por la campaña”? Ahora conoce de dónde proviene. El miedo a que robasen el cuerpo difunto de un familiar llegó hasta tal punto que muchos eran enterrados en auténticas jaulas, enrejados que prácticamente envolvían el perímetro de la tumba durante los primeros meses del enterramiento. A medida que se estrechaba el cerco a los conocidos resurreccionistas o ladrones de cuerpos, estos perfeccionaban sus técnicas, hasta el punto de abandonar la técnica de robo directo del cadáver ante la constante vigilancia por parte de los guardianes o familiares, y comenzaron a realizar túneles desde el exterior del cementerio hasta llegar al ataúd, agujereándolo y extrayendo por ahí al cadáver. Una vez en el exterior, cubrían nuevamente el agujero y de este modo el expolio quedaba en completa impunidad. Poco a poco estas prácticas delictivas fueron desapareciendo.

En la actualidad, y al margen de puntuales actos de gamberrismo, el asalto y profanación de los camposantos está rodeado de un halo con marcado sentido ritual, al contrario de lo que se puede pensar, no tan cercanos al satanismo y sí a determinadas prácticas relacionadas con el Palo Congo o similares, actuando desde la clandestinidad y con total impunidad en la mayoría de los casos. Sea como sea, cuando vemos asaltado el lugar de descanso de nuestros familiares fallecidos, nos embarga un sentimiento próximo a la violación, al asalto de parte de nuestra propia identidad, de nuestro arraigo a lo que nos pertenece desde el sentimiento más profundo y la fe.