siete días trepidantes>

El ‘protagonismo absoluto’ del rey> Por Fernando Jáuregui

Ha sido una semana dura. Una más, inmersa en la estrepitosa campaña catalana, en la que, cómo no, han irrumpido los inevitables rumores de corrupción. Y dominada también por el tema de los desahucios, que ha culminado con una reforma que todos los sectores han considerado excesivamente tímida. Pero la gran noticia, de la que se hablará bastante en los próximos días, se la reservaba el jefe del Estado. Con su simpática declaración pública diciendo que tiene que pasar por el taller de reparaciones y sufrir una nueva operación de cadera, el rey se convirtió en el protagonista absoluto de la cumbre iberoamericana que este sábado se clausuraba en Cádiz.

Tuve la oportunidad de estar allí durante las dos jornadas y puedo constatar que en los corrillos no se hablaba de otra cosa que de la salud de don Juan Carlos de Borbón, que, pese a los dolores que padece, aguantó estoicamente plenarios, almuerzos y cenas oficiales. Los rumores sobre su estado, y el anuncio hecho por él mismo, en un marco ciertamente insólito, acerca de su inminente paso por el hospital, eclipsaron cualquier otra presencia. Y eso que la cumbre, que acabó satisfactoriamente, según una mayoría de asistentes, congregó a los jefes de Estado de todos los países iberoamericanos, excepto siete, a los Príncipes de Asturias, al jefe del Gobierno, al líder de la oposición y a los cancilleres de veinticinco naciones, amén de empresarios y centenares de funcionarios.
Portavoces de La Zarzuela visitaban la sala donde un millar de periodistas nos congregábamos -las dificultades para transitar por el Palacio de Congresos gaditano eran severas- para puntualizar noticias, disipar rumores y aclarar algunos malentendidos. Don Juan Carlos pasará tres días en el hospital, comunicaban, y luego sus asesores pretenden que se someta a una cura de descanso que dure al menos hasta la Pascua militar, cuando el Monarca cumplirá setenta y cinco años y reaparecerá en público, reasumiendo su agenda.

Claro que, antes, habrá enviado su habitual mensaje de Nochebuena a los españoles, un mensaje que, lógicamente, y como ya ocurrió, por otras razones, el año pasado, despierta desde ahora no poca expectación: estos parlamentos del jefe del Estado ya no se pueden limitar a los vagos términos usuales. Y es que el futuro del titular de la Corona, en momentos de indudable crisis política y de cierta dispersión del sentido del Estado, no puede dejar de ser un motivo de preocupación. Imposible ocultarlo en esta cumbre ante los hermanos iberoamericanos, en la que España busca apoyos económicos en los cada día más prósperos países de América Latina, incluso ofreciéndose como puente no solamente para Europa, sino también para el norte de África.

Ha sido, ya digo, una cumbre con mayor enjundia que otras anteriores. Pero la verdad es que estos acontecimientos no serían lo mismo sin la presencia, ciertamente carismática, del rey Juan Carlos. Y eso que el príncipe, que ha cultivado sus relaciones con los mandatarios latinoamericanos a base de viajes frecuentes y asistencias a las tomas de posesión de los nuevos presidentes, es una figura en alza en todo el continente. Fue, sin duda, un acierto que, por primera vez, don Felipe asistiese a una cumbre de estas características, como preludio de lo que será una nueva época. Pero hay que reconocer que su presencia quedó en un segundo lugar ante ese protagonismo absoluto que el Rey tiene siempre en estos actos, pero más aún en esta ocasión.

La de Cádiz fue, sin discusión, más la cumbre del Rey que nunca. Una buena cumbre que podría abrir las puertas de América Latina a las pequeñas y medianas empresas españolas. Pero también una cumbre que cierra una era: a partir de ahora, las cosas serán diferentes y la vigesimotercera cumbre, que se celebrará en noviembre próximo en Panamá, será la última que se celebre cada año. El inesperado anuncio del Rey, explicando urbi et orbe que pasará por el taller de reparaciones esta semana, también contribuyó a escenificar que una época, en la que las relaciones entre España y América Latina fueron de una determinada manera, ha pasado a la historia.