nombre y apellido >

San Martín del Prado – Por Luis Ortega

Por nombres, apellidos y seudónimos piadosos no va a quedar (San Martín de Tours, del Vino, de la Capa y, ahora, para nuestra satisfacción, del Prado). Hemos de reconocer que, en este año, el almanaque fue generoso y situó su fiesta en fin de semana, con víspera para catar la cosecha del año, el cerdo de otoño y las primeras castañas, si las lluvias lo permiten, cuando los erizos abiertos muestran la plenitud de los frutos que, guisados o tostados, mataron tantas hambrunas en el pasado. Por estos días, me obligo a recordar -a veces hasta justificar- por qué los palmeros madrugamos en abrir las pipas y, contra la costumbre de Canarias y España, dejamos de lado al apóstol San Andrés y bailamos a un santo francés que, por cierto, no tiene allí presencia iconográfica. Lo hacemos por una razón muy sencilla; los flamencos y centroeuropeos que radicaron desde mediados del siglo XVI trajeron no solo su economía y su arte, sino también sus ocios y diversiones. A finales de 2010, y en la mejor acción que podemos encontrar en el desabrido mandato de Ángeles González Sinde, el Museo del Prado, con el acuerdo previo de su Real Patronato, adquirió por unos siete millones de euros El vino en la fiesta de San Martín, la obra de mayores dimensiones que pintara Pieter Bruegel el Viejo (1525-1569). Esta espléndida sarga, de 148 x 270 centímetros, perteneció a la colección del Ducado de Medinaceli y llegó a la pinacoteca nacional a través de la firma Sotheby’s en noviembre de 2009. Fechada por los especialistas en torno a 1565 y 1568, la obra está firmada en el ángulo inferior izquierdo; en su meticulosa restauración se liberó de un peligroso reentelado y se limpió de barnices que devolvieron los colores originales. La casa de subastas encargó su estudio y restauración y ofreció -en condiciones óptimas, no llega ni a la cuarta parte de lo que alcanzaría en el mercado- su posible adquisición, consumada en una decisión feliz porque esta obra, tratada por algunos especialistas como el hallazgo más importante del arte nórdico en los últimos cuarenta años -se une a la única pieza de su autoría que conservaba el centro madrileño, El triunfo de la muerte.

Es un consuelo ante la pérdida de una hermosa tela de Constable, reserva de la colección Thyssen Bornemisza, subastada en Londres y por la que el Ministerio que mangonea el inefable Wert ni siquiera se interesó, cuando la pintura inglesa es la peor representada en las colecciones de España, para que una obra de esta categoría continuara en nuestro patrimonio.