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Sean Scully – Por Luis Ortega

Su propósito es acercar al espectador contemporáneo a la génesis del espíritu dórico, nacido en la antigua Grecia y caracterizado por su sobriedad, equilibrio y simetría, las claves de la auténtica belleza que no necesita de afeites y ornamentos especiales para lucir en su auténtico esplendor. La exposición, que se abrió en el Instituto Valenciano de Arte Moderno reunió las creaciones del pintor norteamericano Sean Scully (1945), empeñado en desentrañar los misterios y valores fácticos de la comunicación del arte antiguo y en revelar la vigencia de sus postulados a los espectadores, hastiados de las modas y tendencias que, sin la calidad ni la constancia para ser vanguardias, desde el último tercio del siglo XX. La serie Doric suma nueve grandes obras, realizadas entre 2008 y 2012, sobre papel y madera, donde se reinventan los argumentos y estéticas que acompañaron el gran orden y coincidieron en el tiempo, con el nacimiento de la democracia en la famosa Atenas, reivindicada como madre de la cultura occidental. También se incluyen obras sobre papel, acuarelas y dibujos, firmados en 1980, durante una residencia en la isla de Simi, cuya luz, construcciones populares y clima le afiliaron afectuosamente al histórico Mediterráneo. A partir de sus experiencias en las ilusiones ópticas, sus investigaciones sobre la superposición de relieves y las estructuras seriadas, el artista resume su trabajo en una cuidada sucesión de líneas, bandas cromáticas y bloques que, a la vez que solidez, transmiten una elemental belleza.

El tratamiento del color tiene carácter cuasi artesano en cuanto, de modo progresivo, sobrepone capas de exquisita finura -en algunos casos, casi veladuras- y de pigmentos diferentes que se descubren a través de la transparencia y nos llevan a tonos únicos de una extraordinaria profundidad de una extraordinaria profundidad y de una calidez sensual que da pasión a sus formulaciones abstractas. Con la seguridad de sus gruesas pinceladas, la astuta elección de los colores, el artista evoca una realidad histórica admirada, pero se abstiene de imponer dogmatismo, acaso porque lo que nos atrae y amamos no necesita dogmas para su irresistible atractivo. Esa es la primera y más fuerte atracción de su muestra, que es “un sincero homenaje a la razón, al orden y al humanismo”. A la cultura occidental que, pese a sus sombras, sigue siendo una antorcha ardiente y clarificadora cuando fallan las ideas y decaen los impulsos creativos.