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Segundo mandato – Juan Manuel Bethencourt

La victoria de Barack Obama sobre Mitt Romney en las presidenciales del pasado martes no por resultar escasa en la diferencia de votos (dos millones de sufragios es poco en un cuerpo electoral de la magnitud del estadounidense) deja de aparecer como contundente si se atiende a las cifras del colegio electoral, un sistema anacrónico según el cual el ganador de un Estado se lleva todo el premio. En ese sentido, hay unas cuantas conclusiones obvias. Primera, las empresas de sondeos han perfeccionado el método hasta el extremo, de modo que los números finales calcan prácticamente el pronóstico.

Segundo, las eventuales diferencias respecto a la previsión demoscópica tienen que ver con la maquinaria de movilización sobre el terreno, pues es bien sabido que las elecciones se ganan en campo propio, animando a los fieles a votar. Y en ese campo el reelegido presidente contaba con un ejército formidable de voluntarios centrado durante cuatro años en una única misión logística: que ningún afín se quedara sin pasar por la urna.

En tercer lugar, llama la atención que, cuatro años después, y tras 18 meses de dura campaña en la que se han gastado 2.600 millones de dólares, los resultados Estado por Estado se parezcan tanto a los de 2008. Hubo reforma sanitaria con polémica, se dejó escapar vivos a los truhanes de Wall Street, General Motors fue resucitado, los comandos mataron a Bin Laden y se enfocó el final de dos sangrantes guerras, pero después de todo cada cual votó lo mismo que en el duelo de Obama contra McCain.

¿Qué ocurre? Que la polarización política de la sociedad estadounidense está en máximos históricos, lo que para una democracia siempre es una pésima noticia, y bien que lo podemos comprobar en España. Y bajo estas premisas, ¿qué se puede esperar del segundo mandato del primer presidente afroamericano? Para empezar, mucha más determinación por su parte y coraje para enfrentarse a una oposición republicana que seguirá a lo suyo, la pura destrucción de toda iniciativa de gobierno. Paul Ryan, tras este fallido meritoriaje a la vera de Romney, se vislumbra como azote parlamentario y candidato presidencial en 2016. Obama tiene a su favor la libertad de no tener que volver a presentarse, baza que deberá jugar rápido y fuerte, sin los titubeos de estos cuatro primeros años. Barack Obama ya ha entrado en la Historia como símbolo, pero ahora tiene la última oportunidad para hacerlo también como gobernante.

@JMBethencourt