El soñado regreso del viajero

40.000 han sido los kilómetros que el aventurero portuense ha realizado en sus cuatro años de viaje y se costeó la mayor parte mediante la venta de artesanía y trabajos manuales. / Fotos: Jesús Montelongo / Moisés Pérez


LUIS F. FEBLES | Puerto de la Cruz

Ya regresó, dejando atrás la estela de lo vivido en tierras lejanas. La poderosa se portó. Cansada pero cumplió con su cometido de surcar culturas en un viaje por lo insólito al ritmo que marca la ilusión por conocer nuevos lugares. En la maleta, siguen intactas las vivencias y el contacto con la hospitalidad y nobleza de los pueblos que intentan no sucumbir al monopolio del capitalismo más atroz.

Con el recuerdo todavía presente de la inconmensurable belleza de las montañas tibetanas o la riqueza animal de los valles de Nueva Zelanda, el portuense Jesús Montelongo, cumple su sueño y regresa a la Isla tras cuatro años recorriendo el mundo a lomos de poderosa, su bicicleta. Ni el contagio por virus dengue ni el principio de cangrena en uno de los dedos del pie de su compañera de viaje, Sarah Mullins, impidieron seguir con una aventura que nació cuando en 2008 hizo realidad el anhelo juvenil de inmortalizar con su cámara a las diferentes civilizaciones, y sobre todo, conocer las múltiples realidades y vicisitudes de la “madre tierra”.

Hace dos semanas llegó a casa, al calor de una familia que recibió la vuelta de un soñador, de un hijo y como muchos lo definen, de “una persona con gran valor humano”. Después de que este periódico adelantara en diciembre del pasado año su periplo, el ávido vagamundos, como así se define, cuenta a DIARIO DE AVISOS las alegrías y la nostalgia de una travesía sin fronteras, de un recorrido por la dignidad y la perversidad de los pueblos.

Con más de 40.000 kilómetros en bici y un presupuesto de entre 80 y 100 euros al mes, Montelongo recuerda su primera parada: Suramérica. “Tucumán, en Argentina fue clave en mi odisea. Allí, de mochilero me di cuenta de la necesidad de viajar en bicicleta por lo económico del transporte, encontrándome así con mi inseparable Poderosa. Fue ahí donde me di cuenta que mi viaje sería más largo de lo previsto”. La segunda meta marcada en la hoja de ruta era Nueva Zelanda, que le serviría de puente hacia uno de sus continentes preferidos: Asia.

Del antiguo pasaje de la Ruta de la Seda destaca la solidaridad de sus habitantes. “Los lugareños te invitaban a sus casas, se molestaban si rechazabas su ofrecimiento. Incluso casi me obligaron a llamar a mi madre desde la casa de una familia, con lo que eso supone para un país donde está todo controlado y una llamada internacional sembraría cualquier sospecha”, rememora. Así, continuaría su ruta por países como China, Pakistán, India, Tailandia, hasta llegar al viejo continente, Europa.

El romanticismo y la libertad propia de quien viaja sin un destino concreto, choca con el gran problema del dinero y la inseguridad. “En cuanto al presupuesto hay que tener una vida muy austera, es necesario cambiar el chip. La bicicleta se hace económica cambiando repuestos en talleres. Para comer compramos en mercados locales o cambiando trabajos por comida. Elaboraba artesanía y dormía en la calle, en mi caseta de campaña. Nunca sufrí ningún robo, solo en la isla de Borneo unos vagabundos intentaron sustraerme la mochila, pero quedó en nada”.

No obstante, el visado se presentó en ocasiones como un gran dilema. “Puede parecer curioso, pero los países ricos fueron los más intransigentes, sobre todo Nueva Zelanda y China. Aunque Urbekistán se presentó como el espacio más difícil para renovar mi visa”, relata. En su viaje, entendió la distorsión que muchas televisiones europeas hacen de la peligrosidad de muchos estados que consideran “del tercer mundo”.

Así, relata que pese a la dimensión que generaron las manifestaciones de los camisas rojas y la revuelta en Tailandia, las calles no respiraban esa sensación de caos.

“Estuvimos más de un mes y únicamente se localizó en algunos puntos, es feo que se juegue tanto con las imágenes. Algo parecido pasó en Irán y su conflicto con Estados Unidos, parecía que iba a producirse una guerra nuclear; yo no me enteré de nada”, confiesa.

ANECDOTARIO

En su extensa y enriquecedora historia, las anécdotas y las situaciones curiosas han poblado su anecdotario particular. El aventurero recuerda el gélido clima invernal argentino.

“En este país nos agarró el invierno con temperaturas de 15 grados bajo cero, atravesando por el paso fronterizo que separa el lago O’Higgins en Chile, de El Chalten en Argentina. El transporte en el lago estaba suspendido a causa del invierno y el fin de la temporada. No quedó otra que cruzar campo a través, tardando dos días para cubrir una distancia de 14 kilómetros. Una vez al otro lado, la amiga con la que viajaba tuvo que ser atendida ya que debido al frío, presentaba principios de cangrena en algunos dedos de los pies; fue una situación complicada”, apostilla este vagamundos del Norte.

Con la confianza y la sabiduría que otorga el conocimiento de los vivido, este portuense de 34 años sigue preguntándose por qué en algunos lugares las personas mueren de obesidad y otras de hambre; por qué hay tantas casas y hoteles vacíos que servirían de cobijo para los sin techo; y por qué no es un derecho tener un plato de comida.

Aquí no acaba su camino. Será en unos pocos meses cuando retome su maleta en dirección a América central y Alaska, cumpliendo la promesa que le realizó a La Poderosa, su acompañante y fiel sustento en la consecución de su sueño.

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Multiculturalidad

La mezcla de razas y la grandeza de los pueblos que quedaron por el camino han sido una de las claves. El ejemplo de este tinerfeño personifica la lucha por un sueño y el amor y respeto por las diferentes culturas que pueblan una tierra, que como califica Montelongo, está cada vez más en “peligro de extinción”. Como resume en su pensamiento en voz alta: “Los seres humanos, por muchas distinciones y clasificaciones que queramos hacer, somos eso, simplemente humanos”.“La ostentación y el egoísmo humano nos hace ser insensible con nuestros iguales”, apostilla el viajero y fotógrafo portuense, que es un claro ejemplo de nobleza y sensibilidad.

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