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Las tablas de San Andrés> Por Juan Pedro Rivero*

Para uno que nació a la sombra del Drago, en la norteña ciudad de Icod de los Vinos, este día está cargado de recuerdos excitantes.

En la víspera de San Andrés las bodegas se estrenaban y, al olor de las castañas asadas, los sorbos del vino nuevo iban acompañados del rugir de las tablas que limaban el suelo al grito protector de “que voy”.

Supongo que ocurre algo similar, salvadas las adecuadas distancias, en las venas de un pamplonica que, si lo es, corre por ellas la certeza de que al menos una vez en su vida ha de correr delante de un toro.

Ser de Icod es haber experimentado, alguna vez, el riesgo de correr las “tablas de San Andrés”, aunque sea por fuera de tu casa, con aquella pequeña tabla hecha por tu padre y bajo la protectora mirada de tu madre.

Hoy hay otras maneras de experimentar el riesgo y de la sobredosis de adrenalina que este nos provoca. Sin embargo, algunos llevamos en el alma el rugido perpetuo del correr de las tablas de San Andrés.

¿De San Andrés? ¿Por qué San Andrés? Seguro que habrá centenares de motivos que vinculen al santo galileo con el arrastre de las tablas: la fecha de su celebración, la forma de su martirio, en nombre de pionero, etcétera. Pero quiero compartir con ustedes un motivo que a mí me convence.

Andrés, el hermano de Simón -luego Jesús le cambiaría el nombre por Pedro- se encontró con el maestro de Nazaret primero. Luego fue y se trajo a Pedro, para que también él lo conociera y reconociera como el Mesías que esperaban. Andrés arrastró a Pedro al encuentro con Jesús. San Andrés arrastra a otros a encontrar a Jesús.

¡Viva San Andrés!

*DIRECTOR DEL ISTIC
@juanpedrorivero