nombre y apellido>

Viguguindo de Corvey> Por Luis Ortega

La primera mención de los comienzos de noviembre como fechas de dedicación a los difuntos aparecen en las crónicas del escritor medieval Viduguindo de Corvey (925-973), relator de las guerras sajonas contra la empresa unionista de Carlomagno. Profeso en la abadía de ese nombre, su obra fue la mejor crónica alemana del siglo X, que, lejos de limitarse a la política y a los hechos de armas, habló de la vida, trabajos y gozos de sus coetáneos. El manuscrito de Res festae saxonae sive annalium, dividido en tres tomos se publicó en Basilea en 1532. Autor apócrifo de una Vida de san Pedro y san Pablo, dedicó sus escritos a Matilda, madre abadesa de Quedlinburg e hija de Otón el Grande, descendiente de Viduguindo, el caudillo sajón, pariente y tocayo de este misterioso escritor. Sin embargo, la conmemoración de los Fieles Difuntos es sumamente antigua -no así el día de culto- y, en ese carácter, lo menciona el profeta Jeremías, que habló de los aceites quemados por los deudos en honor a sus fallecidos.

En distintas maneras, como acciones de recuerdo y purificación, culturas de signos contrapuestos lo incorporaron a su acervo. Los celtas, por ejemplo, rendían adoración al dios de los muertos, llamado Samhain, del que existen notables pruebas arqueológicas. Como tantas otras tradiciones, el catolicismo lo incorporó gradualmente a su ritual, que se basa en la doctrina de que las almas de los fieles que al tiempo de morir no han sido limpiadas de pecados veniales, o que no han hecho expiación por transgresiones del pasado, y por tanto no pueden alcanzar la Visión Beatífica, y que se les puede ayudar a alcanzarla por rezos y por el santo sacrificio de la misa.

En núcleos campesinos de Centroeuropa, desde tiempo inmemorial, se cree que en la Noche de Difuntos estos regresan de sus tumbas, vuelven a las casas donde vivieron, comen los manjares que les preparan sus parientes y les ofrecen su protección en la salud y la suerte en las cosechas. En México, y otros lugares de América Central, los familiares se reúnen en torno a los sepulcros y comen y beben a la salud espiritual de los enterrados. Hace un par de décadas, en Veracruz -donde vivieron sus atormentados amores el flaco Agustín Lara y la bellísima María Félix- presencié esta ceremonia que quedó marcada en mi recuerdo para siempre y, suplidos los curas por mariachis, tras un buche de tequila, con tanto asombro como canguelo, musité el memento mori. Y pensé, siempre lo hago, en los queridos ausentes, luminarias de luz y amor en el día a día.