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Adiós a Cubillo> Por Francisco Pomares

Conocí a Cubillo el día que bajó de la escalerilla del avión de Argel asido a su ejemplar de la Constitución, como quien se aferra al pasaje de un último tren. Pero lo había escuchado antes pegando la oreja al transistor para escuchar sus cuentos de godos, cuernos y tractores. Siempre sentí en él la inconfundible pulsión que convierte a los hombres en prisioneros de su propia megalomanía. Todos tuvimos nuestros sueños de juventud y la vida se encargó de ajustarnos las cuentas…, pero el sueño cubillista de Argel fue apenas una canonjía temporal de jacobino mantenido para incordiar al poder del Estado en España en su momento de mayor debilidad. Por no servir para nada, todo aquel griterío no sirvió siquiera para mejorar las condiciones de la negociación de Canarias con Madrid cuando se discutía el futuro de la autonomía, sino más bien todo contrario. El tinglado africanista de Cubillo nos asustaba más a nosotros mismos que a los de afuera: la radio y las bombas de Cubillo hacían demasiado ruido en las salas de estar del turismo europeo, en un tiempo crítico. Y el accidente fatídico de los dos jumbos tampoco ayudó mucho: la pólvora no siempre mojada del ejército guanche hizo algún daño diferido a la imagen de esta región, pero sobre todo obligó a que cientos de millones fueran malgastados por la diplomacia española comprando votos de caudillos africanos en las sesiones matinales de la OUA.

El sueño de Argel terminó cuando a Argel le convino y entonces a él le taparon la boca sin molestarse siquiera en explicarle lo importante que eran los contratos de gas natural con España. Le dieron mismamente por saco con la misma bajeza con la que lo usaron para cobrarse el fracaso en el reparto del Sahara. Después vino la primera chapuza asesina de nuestro terrorismo de Estado, y Cubillo quedó herido en un zaguán, tullido para siempre y encima sin pasar a la historia ni a su catálogo de mártires.

Sin la protección argelina se quedó más solo que la una, políticamente acabado y fuera de juego. Acabó, pues, por volver a Canarias, y aquí aprendió a vivir de prestado, a la sombra de otros discursos.

Ahora ya no está. Murió alejado de los focos, tras un único homenaje público en la tele de Willy García, un documental realizado por su sobrino, que ha resultado ser su testamento. Su ausencia nos deja el hueco de las oportunidades perdidas. Una más de las muchas que nuestra historia colecciona.