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Armas – Por Leopoldo Fernández

No veo en el horizonte político estadounidense ninguna medida radical capaz de cortar la sangría de vidas que periódicamente se produce a cuenta del descontrol en la venta de armas. Se dice que la autodefensa forma parte del alma americana, de su tradición secular, más aún cuando la segunda enmienda de la Constitución reconoce el derecho a la posesión de armas de fuego. Esta interpretación legal, que en su día dio por buena el Tribunal Supremo, es bastante discutible, ya que lo que literalmente dice tal enmienda es que “siendo necesaria una bien regulada milicia para la seguridad de un estado libre, el derecho del pueblo a tener y portar armas no debe de ser infringido”. Conviene recordar que la iniciativa legislativa procede de finales del siglo XVIII y se incorporó a la Carta Magna pensando en la necesidad de defensa en varios territorios del país recién concluida la guerra de la independencia, cuando aún no existía auténtica estructura de Estado ni un ejército nacional. Esta interpretación se ha prorrogado en el tiempo y, pese a las periódicas matanzas en universidades, colegios, centros comerciales y recintos deportivos, en la práctica no ha variado la legislación que permite la libre venta de armas de fuego, entre ellas algunas consideradas “de guerra”, como el fusil semiautomático de asalto que, en versión civil, utilizó el joven Adam Lanza en el colegio de primaria Sandy Hook de Newtown, Connecticut. Así se ha llegado hoy a un país armado hasta los dientes, en el que oficialmente se reconoce que en manos privadas existen más de 300 millones de armas y que una de las costumbres más extendidas es acudir a los clubes de tiro o a algunas de las numerosas zonas despobladas existentes para “practicar”. Por sí sola, un arma puede no resultar peligrosa, pero si por imprudencia se deja al alcance de un perturbado y es utilizada por éste -o por un psicópata, un salvaje, o alguien con problemas familiares y mentalmente inestable, como ha sido el caso de Newtown-, entonces ya se sabe que posiblemente se produzca un crimen o una matanza. La violencia, las guerras, las películas y los videojuegos son en el ínterin el caldo de cultivo para la popularización de las armas y su compra masiva. En estas circunstancias, y con competencias que dependen de los Estados, resulta muy difícil el diseño de una política nacional que establezca cierto control al menos sobre las armas de asalto, como proponen varios senadores demócratas y sugiere el presidente Obama al aludir a la necesidad de “acciones significativas” para prevenir nuevas tragedias.