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El caso Iberia> Por Antonio Casado

Al suspender la huelga de los trabajadores de la compañía Iberia, anunciada para estas próximas vísperas navideñas, los sindicatos se han dado un baño de realismo y aprovechan la ocasión para presentarse ante la opinión pública como la parte sensata que da un paso atrás en beneficio de los ciudadanos, mientras que la otra se cierra en banda y sin mostrar voluntad negociadora. Aunque la huelga quedó suspendida, no hubo ningún acercamiento entre las partes. Lo que para la compañía es un plan de viabilidad para los sindicatos es un plan de desmantelamiento. Y por eso el conflicto sigue vivo. Si las posturas no se aproximan en la mesa negociadora, los representantes sindicales advierten de que volverán a convocar paros a partir del 7 de enero.

Sin embargo, ya han logrado pasar por los buenos de la película, a pesar de que la anulación de la huelga anunciada para seis fechas, entre el 14 y el 21 de diciembre, no ha evitado reducciones sustanciales en la facturación, por cancelaciones de reservas y cambios de compañía hasta el momento de desconvocatoria. Quiero decir que, al menos como operación de imagen, los sindicatos han conseguido un general reconocimiento a su sentido de la responsabilidad por haber evitado la enésima utilización de los ciudadanos como rehenes de un conflicto laboral. No lo deben haber hecho tan mal cuando hasta el propio Gobierno ha emitido mensajes críticos con la posición de los dirigentes de la compañía, tanto en lo referido a los planes de reestructuración como a la forma de gestionar el conflicto. Al Gobierno, y a la ciudadanía en general, le parece que la actual dirección de Iberia no se toma en serio la parte intangible: la españolidad, por entendernos, que ahora estaría amenazada por los condicionantes que se derivan de la fusión con British Airways. Todo lo que nos remite a la representación internacional de la marca España. Especialmente si miramos hacia Latinoamérica, donde la compañía piensa suprimir destinos.