después del paréntesis>

Cubillo> Por Domingo-Luis Hernández

Organizar un viaje en el último año de Bachillerato era lo propio. Lideró la historia. Consiguieron el suficiente dinero para ir a París. Marcharon a Barcelona en barco y de allí a la capital de Francia en tren. Encontraron compañía: un grupo de chicas de un colegio catalán que iba en la misma dirección.

Se divirtieron y casi al final de la ruta el personaje en cuestión invitó a una docena de ellas a cenar en el vagón-comedor con los amigos correspondientes. La cuestión era pagar. Y se pagó, apoquinando cada uno de los chicos y de las chicas parte del escaso dinero que llevaban para el viaje. Él se apeó con el tren en marcha. Un viejo socialista de Tenerife me lo contó. Agregó: “Las cosas de Antonio, de Antonio Cubillo”.

Una de las cuestiones que más sorprenden y que acaso más se admire de Antonio Cubillo es que fue un hombre con una posición rara en este mundo, un hombre que se apegó y repitió hasta el final de sus días un discurso irracional, la falacia política de lo imposible.

Es cierto que, acaso porque no supo medir bien contra quienes se enfrentaba, cierta sombra clownesca, risible lo rodeaba. Y como pocos saben leer bien en esta frontera del planeta, menos los que dicen sustituirlo y se arriman a homenajes patéticos, es predecible que esta figura de la historia de Canarias pase sin pena ni gloria. Y no debiera ser así.

En primer lugar por lo dicho: política de lo imposible que sin embargo señala un punto de rigor pocas veces sugerido por los políticos (o los llamados políticos) que nos rodean: la fidelidad a sí mismo, a la idea, a la convicción, pese a quien pese. No es universal su proyecto, más aún, cabe menos que más en estas Islas. Pero él lo defendió, porque (como sugirieron los barrocos) una cosa son las respuestas y otra es la responsabilidad. Es decir, frente al pragmatismo burgués de esta España, eso que señala a arrepentidos de la dictadura que no lo son tanto, que incluso se niegan a enterrar a los muertos, o al voto útil, Cubillo se resistió. De haber sido una figura tal, acaso hubiera pedido acomodo en CC y diputado o senador por los méritos. Pero no. Si es cierto que él esperaba un recibimiento clamoroso en su llegada del exilio, no se amedrentó por lo contrario.

Y eso no es todo. El norte de África bullía. Argelia en su punto. Por un lado el Frente Polisario que podría clavar una cuña entre el enemigo Marruecos y su territorio. En el otro lado Canarias y el espacio de paso entre el norte del continente y Europa. El año 1978 fue crucial. Fuerzas armadas guanches del Mpaiac y un muerto. España, con un ministro recordado, Martín Villa, había avisado: dos cadáveres inocentes, 1976 y 1977: Bartolomé García y Javier Quesada, este en las puertas de la Universidad de La Laguna sobre la que llovió balas de verdad. El asunto era un hombre, Antonio Cubillo, que podía dar sentido en las reuniones internacionales al movimiento independentista, aquí de izquierdas y políticamente preparado. Era una víctima propiciatoria y así sucedió. Si, como estaba previsto, Cubillo se hubiera expresado en la asamblea correspondiente de la OUA de entonces acaso otro gallo cantaría en estas latitudes. Cierto es que Cubillo no era Martí, ni Gandhi, que Canarias no es Cuba ni la India; cierto es que algunos delirios teóricos de hoy al respecto dan pena. Pero de eso no hablamos. Hablamos de un hombre, Antonio Cubillo, y de lo que encarnó.

Descanse en paz.