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Delante de los ojos – Por Román Delgado

En una tarde limpia, fría y seca de la última colección de días de este sucio año 2012, Adorno, que así se llama el voluntarioso paseante, se dijo que por qué no bajar las persianas y la palanca de la luz, apagar la radio, el televisor y el teléfono y apilar toda la prensa del día antes de meterla en la oscuridad de una bolsa con fondo resistente, en un acto que debía concluir junto al contenedor azul. Adorno, con lo que entonces llevaba puesto, poco o casi nada, colocó un pie en la acera de su casa y se decidió con ánimo a palpar la vida, ya sin interferencia alguna. Se había propuesto sanear su mente, dignificar su postura vital… Tocar, ver y oler la realidad que domina el actual ecosistema humano, esta vez, “al fin”, reconoció, sin la compañía envenenada de afirmaciones de políticos, de respuestas de políticos, de justificaciones de políticos, de entrevistas con políticos, de guerras entre políticos, de riñas entre políticos… Ahora estaba dispuesto a ver de forma pura, sin ganas de calzar otros zapatos o de mirar con lentes ajenos. Con esta intención, convertida en manía, Adorno puso sus pies alargados y delgaduchos en el asfalto y ordenó a sus extremidades que caminaran, y a sus ojos, que lo vieran todo con la máxima nitidez. Al instante, Adorno se quedó helado, paralizado. El susto fue de tal calibre que casi adopta la decisión cobarde de regresar a casa para ya nunca más poner en funcionamiento aquellos aparatos, ni comprar la prensa. Pero no… El valiente Adorno decidió seguir adelante y, con la mayor destreza posible, comprobar y comprobar que cada vez hay más gente que no tiene qué llevarse a la boca, más paro, más dificultades para hacer sostenibles los negocios, más mierda y más fracaso humano. Y todo delante de sus ojos, como la verdad trágica que llega a modo de fuerte bofetón.

@gromandelgadog