el dardo>

El discurso real – Por Leopoldo Fernández

El tradicional discurso real de la Nochebuena se esperaba este año con especial interés. La escandalera del monarca por sus devaneos en Botsuana, las más que dudosas actividades de su yerno el duque de Palma, la situación independentista catalana tras las elecciones autonómicas y, en general, los problemas del país tanto de orden económico como social -a cuenta de la crisis y su secuela de recortes, ajustes, pérdida de derechos y austeridades varias- parecían aconsejar una intervención clarificadora de don Juan Carlos. Pero las expectativas se vieron defraudadas. El rey desgranó un discurso comedido, breve, políticamente correcto y diplomático, pero frío, poco cercano y con escasísimas referencias directas a los grandes problemas nacionales. Por añadidura, fue el menos seguido en televisión de los últimos 15 años.

No soy partidario de contundencias oratorias o declarativas por parte del jefe del Estado. Al fin y al cabo, se trata de un poder moderador, que reina pero no gobierna, y que debe reservar sus reflexiones más terminantes para las grandes ocasiones. La cuestión estriba en si la Nochebuena era o no el encaje más idóneo para que el rey dejara claras tres o cuatro cosas ya que, además de jefe del Estado, es -debe ser- el primer defensor de la Constitución, hoy atacada por diversos flancos y sujeta a politiqueos y componendas deleznables. Y es -debe ser- también el máximo defensor de la monarquía, ninguneada estos días por CiU y PNV más allá de una crítica libre y comedida. El soberano cumplió, sí, con la tradición discursiva, pero se limitó a leer un texto ambiguo al que le faltó calidez y proximidad, pero también un aporte de ilusión y confianza y unas referencias más explícitas a los problemas que preocupan a la ciudadanía: corrupción, desahucios, desconfianza política y económica, aumento del paro, desapego hacia las instituciones, protestas sociales, empobrecimiento colectivo, etc. La puesta en escena, con el rey apoyado informalmente sobre su mesa de despacho, ha roto la monotonía de otros años, pero no ha dado al monarca mayor credibilidad y frescura, quizás por falta de autocrítica y por un exceso de alusiones crípticas. Así y todo, bienvenida sea su ardorosa defensa de los grandes valores de la transición y de esa “política con mayúsculas” como imprescindible instrumento al servicio de la democracia y la convivencia, con unos partidos capaces de suscitar respetos y lealtades entre ellos mismos y hacia la ley, desde la ética y la estética, la pluralidad y las diversas culturas patrias, en aras de los grandes objetivos nacionales. Que los políticos tomen nota, que buena falta hace.