a veces soy humano>

Una dosis para la desesperanza> Por Félix Díaz Hernández

Se despertó aquella mañana sin mirar la hora que marcaba el viejo aparato radio despertador. Mientras se incorporaba y se deshacía del peso de las sábanas, algunos rayos de sol, partidos y diseminados por los pliegues de la persiana, le alumbraban el camino hacia el baño. Tampoco le hizo falta pulsar el interruptor de aquel plafón de neón, adquirido años atrás en un arranque de consumismo a lo sueco, para vislumbrar su rostro en el espejo.

Con la mirada perdida revisó sus arrugas crecientes, la media barba descuidada y esa mata de pelo rebelde. Afrontaba una mañana más sin rumbo, sin destino y sin esperanza. Todavía recordaba las prisas, los minutos apurados para vestirse y adecentarse, salir corriendo con apenas un cortado en el estómago hacia aquel trabajo rutinario que entonces le amargaba la vida.

Siempre dijo que quería tener tiempo para sí mismo, para estudiar, para hacer deporte, para cultivarse, para moldear un intento de familia. Ahora disponía de todos los minutos, los cuartos y las horas para construir su nueva vida. Sin embargo, los días y las semanas caían sin remisión del calendario colgado en la pared mientras nuestro protagonista no daba un paso en dirección alguna.

Ya casi ni esperaba esa llamada salvadora, ese golpe del destino, de la suerte; de aquel amigo que le había recomendado para un trabajo por horas como promotor de productos en una gran superficie comercial. Cuatro horas de contrato y ocho de trabajo efectivo; aunque con un salario correspondiente a dos y media en turno partido. A estas alturas de la catástrofe social había llegado a pensar, alienado, que esa podría ser una buena salida para iniciar otro camino hacia ninguna parte.

@felixdiazhdez