conjeturas>

La frivolidad del capital> Por Juan Manuel Bethencourt

Resulta recomendable pasar un par de horas en compañía de El Capital, el filme satírico y descarnado, también excesivo a voluntad, con el que Costa-Gavras destripa los principios de funcionamiento del sistema financiero global. El relato describe las andanzas de un joven talento de la ciencia económica automodelado como tiburón de nuevo cuño, el típico osado con motivos para serlo, bendecido en este caso por una circunstancia favorable que lo pone al frente de una provecta entidad europea a su vez acosada por unos cowboys localizados en Miami y adictos a la intimidación por videoconferencia. Entre una generosa exhibición de coches con chófer, cacharros tecnológicos y bellezas de alquiler, la trama describe la pelea despiadada del líder que ataca amparado en esa disculpa moral que es siempre la certeza de ser él mismo el agredido, lo que le concede carta blanca para emplearse en la respuesta con aún mayor agresividad.

La historia toma elementos de la cultura del videojuego, en la medida que el sacrificio de miles de empleos se traduce en resultados despersonalizados, como si no fueran seres humanos los afectados por unas medidas que no obstante tienen un impacto directo sobre la cotización bursátil de la empresa y los ingresos del protagonista, que cobra a tanto la pieza y además es felicitado por ello. Es el propio narrador en primera persona quien asume el papel de propagandista de esta nueva Internacional del Capital, resultado opuesto del deseado por un pariente comunista que le reprocha sus manejos y es triturado por una repuesta hipócrita y sin embargo coherente.

Resulta que todo es un juego, y en todo juego hay ganadores, pocos, y perdedores, muchos, si bien en este caso millones de estos últimos ni siquiera saben que lo son. Esto es ficción pero también buena parte de realidad cuando a primera hora del día escucha uno la radio para toparse con los chascarrillos mutuos entre el ministro De Guindos, feliz porque a España le han ingresado los 39.000 millones de euros del rescate bancario, y el presidente de Bankia, que los recibe con alborozo para abrir la nueva partida de Monopoly. Tras innumerables sacrificios colectivos, con recortes sucesivos en el modelo social que habíamos considerado intocable, todo se reduce a unas bromas en la velada navideña de la asociación de periodistas económicos. Y son los propios informadores, tan frívolos como cualquiera, los primeros en reír la gracieta con la que estos dos chamanes de las finanzas resuelven su problema, que no el nuestro.

@JMBethencourt