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Gallardonismo – Por José David Santos

Los políticos a veces pierden la perspectiva de que sus palabras van más allá de las nuestras; que sus sentencias filtran un modo de ver la vida, la actividad pública y la ideología que en el caso del resto de ciudadanos -incluidos los periodistas enterados de todo- no tendría mayor trascendencia que el deseable sentido de participación en la sociedad y sus entresijos. Es por ello que el ministro Alberto Ruiz-Gallardón, en el pasado un señor al que incluso llegué a ver como imagen de una forma distinta de hacer (para mejor) política, o se ha vuelto un insensato o vive en los mundos de Yupi para ser, como es, uno de los políticos de primera fila -por cargo y tiempo en la pomada- de este país. Creo que nunca había escuchado una opinión tan dolorosa de boca de un cargo público. Y no dolorosa para él, sino para las personas a las que se supone debe proporcionarles el mejor modo de vida posible. Gallardón, alias El Grinch, nos comunicó a los españolitos: “Gobernar, a veces, es repartir dolor”. Menos mal que solo a veces, señor ministro. Lapidaria la frase del ministro de Justicia y que, a buen seguro, suscribirían personajes de nuestra historia que gobernaron infligiendo mucho dolor. Si en la filosofía de un ministro democrático y con dos luces (y Gallardón de tonto tiene poco) cabe siquiera la intuición de que puede ser así, su dimisión sería el mejor servicio que le podría hacer a todos aquellos que gobierna. Se puede pedir a la ciudadanía sacrificio, austeridad o confianza; justamente lo que debería repartir un Gobierno que, además, en medio de esta crisis moral y social, se tendría que esforzar por buscar soluciones, ser valiente, ilusionar, salvaguardar los derechos básicos y luchar por defender hasta el último de sus ciudadanos. Pero no repartir dolor señor Gallardón. No sea tan generoso.

@DavidSantos74